Arte y Diseño: una posmoderna historia de amor

Cuando en el día de la inauguración de la Tienda de Prada, diseñada por Koolhas en lo más cute-edge del Soho Neoyorkino, tomé algunas fotos analógicas con mi vieja Contax -más o menos de extranjis, y a pesar de alguna que otra llamada de atención- se me ocurrió que el ambiente era muy similar al de un museo.

Cada vez es más difícil diferenciar entre estas tiendas de marca que exhiben su sede estrella en Soho y una de las muchas galerías de arte que muestran también allí sus nuevos productos de diseño conceptual. Se trata en realidad del mismo público refinado el que, después de hacer la ruta de las exposiciones recien inauguradas,  se compra unos zapatos en la tienda contigua, por los que paga más o menos el mismo precio que por un cuadro, u otro motivo artístico-decorativo.

Sabemos que el precio de estos objetos está muy condicionado por su consideración social como de buen gusto, o lo que tradicionalmente se consideraba en términos artísticos, el “estilo” personal; y no al valor en sí del producto (artístico y/o comercial).

Por eso las marcas de alta costura y de diseño high culture se apresuran a mostrarse como  factorías de arte, y los diseñadores como los artistas del tardocapitalismo. O viceversa, pues el gran éxito del Pop consistió en tratar de hacer compatible lo irreconciliable: estilo personal y producción masiva –no sólo del consumo, también en la creación.

Andy Warhol supo ver muy bien, inspirándose en el mundo del diseño de calidad, que si a la producción en serie le sumas el valor propio de una mercancía de lujo (lo que la gente llama ARTE), los beneficios se incrementan considerablemente.

La visita a dos exposiciones que están teniendo lugar ahora en Bilbao, la de Balenciaga en el Museo de Bellas Artes, y la de Anish Kapoor en el Guggenheim, me ha llevado a reflexionar en otra dirección. Al principio pensé que, dada la importancia que Anish Kapoor otorga al color, y el potencial visual del diseño minimalista de su obra, se puede equiparar en muchos casos con la exposición de Balenciaga, aunque este modisto vasco trabajara sobre todo por intereses comerciales y de utilidad, y Kapoor, al menos teóricamente, lo hace por amor al arte.

Esto es, de nuevo la percepción del Soho neoyorkino de cómo se difuminan los límites entre arte y diseño útil en nuestro tiempo. Balenciaga es el maestro del color (nadie en su época se atrevió a sus experiementos cromáticos), y también Kapoor afirma:

el color es lo que más me obsesiona. … Me gusta tanto el rojo porque… a diferencia del azul o el negro, es un color que posee una especie de interioridad y una especie de oscuridad que creo que comprendemos a un nivel mucho más profundo. La oscuridad del rojo es un negro mucho más oscuro que la oscuridad del azul o del negro, y eso me llama mucho la atención.

Anish Kapoor

Balenciaga es sin duda un creador que ya ha hecho  historia, y tiene pleno sentido que su obra se exponga en un Museo. En el caso de Kapoor, se trata de una obra específicamente diseñada para estos espacios contemplativos, y fuera de ellos pierde el sentido conceptual que, en mi opinión, le da mayor valor; esa reflexión filosófica que, precisamente, le distingue de los diseñadores y otros técnicos-artesanos del buen hacer. Su obra se puede exhibir también en la calle, pero entonces esos fragmentos urbanísticos han sido pensados como si se tratara de un museo al aire libre, como es el caso de la plaza del Rockefeller Center. Aunque todo Nueva York va camino de ser una ciudad Museo del Arte-Diseño; un arte de consumo para inmensas minorías que, en ocasiones, supera el mero espectáculo visual de Time Square, y genera un street art que invita a reflexionar, como es propio del ámbito conceptual en que se mueve el arte contemporáneo.

Pero volviendo al ámbito cerrado de los museos, en concreto al Guggenheim Bilbao, donde pagué mi entrada como todo el mundo, al enfrentarme con la obra Amarillo (Yellow), 1999, descubrí que lo que Kapoor quizás inconscientemente estaba haciendo es no sólo llenar esos espacios infinitamente blancos; sino también obligar al espectador a un cambio psicológico trascendental en la mirada, similar al que tuvo lugar en el cuatrocento con el descubrimiento de la perspectiva geométrica, pero al revés.

Si entonces el público medieval hubo de acostumbrarse a mirar en el plano pictórico una fingida tercera dimensión, ahora el espectador acostumbrado a todo tipo de efectos especiales, piensa que lo que tiene delante es  también un efecto óptico sobre un enorme cuadrado plano de color amarillo, más o menos modulado para dar sensación de sombra y movimiento (al estilo del Op Art tradicional). Pero al acercarse, este espectador acostumbrado a ver virtualmente, descubre con pasmo que lo que tiene delante se trata de un espacio tridimensional verdadero; y el color amarillo es absolutamente idéntico en todo el espacio monocromático del falso cuadrado. El problema es que después de visto el relieve, o experimentado más bien, pues sólo se capta de modo táctil o envolvente -esto es, presencial-, ya es imposible volverlo a ver como una simple ilusión óptica. Éste es el cambio psicológico ontológico (si se puede hablar así de la psicología) al que me refería. Un efecto conceptual que es posible sólo estando allí –lo que el museo reclama y no pueden dar las nuevas tecnologías de representación visual-, y que justifica pagar la entrada, al menos en este caso.

Terminemos con palabras de Kapoor que definen bastante bien esta experiencia:

Es ese cambio fenomenológico lo que provoca incertidumbre, lo que plantea la cuestión sobre qué es lo que estamos contemplando. … Espero que ahí, en algún punto, haya cabida para un momento de poesía.

Anish Kapoor: Amarillo (Yellow), 1999

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Una respuesta a “Arte y Diseño: una posmoderna historia de amor

  1. Debo empezar con sinceridad: Amish Kapoor no me llama mucho la atención, y quizá -erróneamente- lo he encuadrado en esa categoría de artistas superficiales, para los que todo vale. Leer este texto me ha hecho sentir curiosidad, y probablemente ocurre lo que comentas: que las representaciones no bastan, sino que hay que acercarse a la obra en vivo y en directo.
    En cuanto a Balenciaga y el arte como comercio, tenemos que admitir que esto, además de ser muy interesante -y lucrativo-, es el futuro de parte del Arte contemporáneo. Si se sabe explotar adecuadamente, sin que los fines se limiten a lo comercial, desde luego que se podrán ver grandes creaciones. Particularmente y como mujer, me han encantado los diseños de Balenciaga, más que los de Prada. Puede que sea menos neoyorquino, no sé.
    En definitiva, gracias por la reflexión; como siempre, estupenda.

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