Reencuentro Pascual

Quiero con esta entrada hacer un homenaje a Aaron Rodríguez Serrano, joven doctor de Audiovisual, investigador del cine más exigente y fecundo (quien mucho exige mucho dá) y divulgador eficaz a través de uno de los más interesantes blogs sobre cine que conozco (antes llamado Elseptimosello y ahora http://comunidad.uem.es/arodriguez). Le saludo con honores no sólo porque le debía una réplica a su reseña laudatoria de mi libro, sino porque habla sobre su especialidad sin cortapisas, y sin préstamos postizos, directamente desde el corazón y las vísceras, aunque poniendo también la cabeza de investigador concienzudo y honesto.

Coincidimos en varios congresos sobre teoría de la imagen, pero fue en Segovia, en el Congreso Internacional Símbolos e Imágenes, organizado por la asociación Trama y Fondo y varias universidades, cuando pudimos conocernos mejor. Este congreso estaba dedicado a estudiar algunos de los símbolos e imágenes que perviven y configuran nuestra época posmoderna, en la que, siguiendo a Lacan, el orden del lenguaje –sobre todo visual, matriz por excelencia del subconsciente colectivo- está vuelto de espaldas a lo real.

Recuerdo que en Segovia hablamos mucho sobre estos temas del congreso, y la dificultad de llegar a la verdad cuando no sólo se duda de de la posibilidad de acceder a ella entre las capas virtuales del mundo mediático en el que nos movemos, sino siquiera de que pueda hablarse de una verdad a la que aspirar honestamente, y por tanto de la misma posibilidad de la ciencia. El símbolo del congreso era un huevo amenazado por la serpiente. Su página web decía que era el símbolo de un mundo en el que las imágenes tienen más importancia que lo que éstas representan, con los consiguientes peligros que  supone una cultura en la que todo es poder mediático y/o económico. La serpiente simbolizaba la amenaza de la muerte virtual a lo que el huevo representa tradicionalmente de símbolo de vida como verdad.

Fue una casualidad que, visitando la catedral de Segovia, Aarón y yo nos encontráramos con un huevo de Pascua luciendo en el centro del retablo del Santísimo Sacramento, aunque no le correspondía por tiempo litúrgico (pues esos retablos del Barroco son móviles, interactivos diríamos hoy). La foto es analógica, en ese momento todavía usaba mi Contax, con diapositivas, por eso la mala calidad de su digitalización (por culpa del scaner de combate que suelo usar), pero servirá para hacerse una idea de lo que hablo.

Este encuentro afortunado con la historia cristiana del huevo Pascual, que inconsciente o conscientemente habían usado como símbolo del congreso, me recordó lo que seguramente ya conoce todo el mundo, pero que voy a exponer brevemente copiando un texto de una página sobre alimentación sana:

“(…) regalar huevos decorados era una costumbre que se originó en Europa y Medio Oriente antes del cristianismo. En el antiguo Egipto y en Persia los amigos intercambiaban huevos decorados cuando comenzaba la Primavera, como símbolo del renacer de la naturaleza. Como la Primavera Europea prácticamente coincide con la Pascua, el huevo pasó a ser el signo del renacer de Cristo; la resurrección. Y ya en la Edad Media se universalizó el uso de los huevos de pascua con este sentido. En algunos países europeos, los huevos se decoran el Jueves Santo y se rompen el Domingo. La cáscara representa la tumba en la que Jesús estuvo sepultado, y es por eso que el huevo se quiebra el domingo de Pascua, pues Cristo resucitó y salió de su sepulcro. En la Edad Media, el papa Julio III prohibió consumir huevos durante la Cuaresma. El domingo de Pascua se levantab la veda y con gran alegría de todos, en especial de los niños salían al campo para recogerlos, entonado cantos de aleluya. Esta costumbre se mantiene aún vigente en muchos países.”

En resumen, el huevo pascual cubriendo el sagrario eucarístico simboliza la Vida que triunfa sobre la muerte, la Verdad que puede a la mentira. Y anuncia que todo eso tuvo lugar en un momento histórico concreto, durante la celebración de la Pascua Judía de hace 2015 años aproximadamente. El texto de la blog alimenticia concluía diciendo que

“La Pascua constituye el fundamento sobre el cual se asienta y gira toda la vida del cristianismo. Es festejada por 1200 millones de fieles en todo el mundo y el Papa da la bendición en una misa urbi et orbi desde la Basílica de San Pedro. Las tradiciones en esta fiesta han ido variando con el correr de los siglos hasta llegar a convertirse, para la gran mayoría de la gente, en una semana donde no se trabaja y se comen los famosos huevos de Pascua. De hecho, el Domingo Santo es uno de los dos días del año en el que se consume más chocolates (el otro es la Navidad).”

A propósito de la Navidad, el mito cristiano más vivo socialmente y por eso quizás también el más mítico de todos, quisiera comentar unas fotografías que tomé en Tierra Santa, en concreto en la Iglesia del Nacimiento, la única de las basílicas constantinianas que no fue destruida por los Persas el 614, porque vieron allí pintados a unos reyes magos con gorros medos, o frigios, según la tradición del momento. Todo mito suele remontarse a un origen histórico, que con el tiempo se ha ido desfigurando hasta caer en el olvido. Es el caso de las bolas de Navidad, que aunque fueron un invento de los primeros misioneros celtas predicadores (Bonifacio y compañía) en tierras del norte de Europa para explicar a pueblos que adoraban la naturaleza, el misterio de la Iglesia (un tronco, Cristo, del que salen todas las ramas, la Iglesia, iluminada por las luces del Espíritu Santo, hoy las bolitas, que antes eran velas, etc.), ya sólo sirven para producir una alegría infantil, bobalicona, incluso en los que nada saben sobre la Navidad.

Pero no me interesa hablar de historia ni de religión sino de cultura visual contemporánea y de las posibilidades de seguir hablando científicamente al respecto en nuestro tiempo. Por eso, todo lo anterior, además de un homenaje a Aarón, con el que espero seguir teniendo encuentros pascuales como el de Segovia y el más reciente de Madrid, es un mero prólogo para comentar la siguiente foto, más conceptual que de calidad estética: se trata de la iglesia de la Natividad de Belén la que aparece reflejada en una bola de Navidad (en realidad es el reflejo de una lámpara votiva ortodoxa). Esto es, al revés de lo habitual, que vivimos de las rentas de mitos cuyo origen histórico hemos olvidado, en esta fotografía  he buscado que esté presente tras la apariencia del reflejo supuestamente navideño el punto geográfico-histórico en el que se originó el mito de nacimiento de Cristo, que llega hasta nuestros días, y seguramente seguirá dando mucho que reflexionar también en el futuro, ya que ha sobrevivido a más ataques que el de los Persas.

Es cierto que para aceptar eso, no la verdad histórica del mito cristiano (que exige mucho más espacio que esta entrada de blog), sino el que la falsa bola navideña de mi foto está reflejando de modo verdadero la iglesia de la Natividad de Belén en un instante concreto, tendréis que fiaros de mi palabra. Yo estuve allí, y tomé esa foto, que no es analógica sino digital, pero ni siquiera me he molestado en retocarla. Esto es, la verdad del contenido del mensaje  depende siempre de la confianza en el que nos lo transmite. Y esta confianza está incluso por encima de las técnicas con que el mensaje se transmite; y por supuesto también del modo (realista, mítico, poético, histórico, etc.) en el que se transmite. Esto es lo que permite que nosotros, investigadores, sigamos creyendo en las posibilidades de la verdad y de la ciencia, porque confiamos unos en otros, y confiamos también en la comunicación honesta del saber acumulado. Y esto es lo que explica que, con más o menos dificultad, podamos todavía distinguir el mito de la historia, la imagen de la realidad, las representaciones y las cosas.

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