Europa, entre Oporto y Lviv, pasando por Barcelona

Voy a hablar de Europa, juntando mis experiencias de dos recientes viajes a ciudades emblemáticas de sus más lejanos extremos continentales, con un intermedio en Barcelona, España (todavía). El más reciente de estos viajes fue a Oporto, ciudad que da nombre a un país (Portu-calle), y que en sí misma significa el puerto, la salida a ultramar de Europa, que desafía el límite natural del Finis Terrae occidental. Ya antes del descubrimiento de América, los portugueses surcaban océanos lejanos, y no sólo para pescar atunes y ballenas, como los marineros vascos, sino para llevar y traer cultura allende los mares del Atlántico y del Índico. Por eso esas aventuras coloniales, que son trasiego de civilización, se dejan ver ya muy pronto en su arte manuelino, tan lleno de evocaciones indoafricanas.

La causa del viaje a esta ciudad del Duero, famosa por sus vinos, fue un congreso sobre tendencias, con el título genérico de Global Fashion: Creative and Innovative Contexts (http://adaresearchopportunities.blogspot.com/2010/05/global-fashion-creative-and-innovative.html). No es mi intención hablar de este congreso, sino de mi experiencia de viajero, y también contar algo del contexto que eplica que esta ciudad sea sede de un congreso global semejante.  Oporto nace como capital de un principado con vocación de país, que muy pronto se abrió a Inglaterra (no es casualidad que los vinos famosos Douro y Porto se consuman sobre todo allí), no sólo por su común vocación atlántica, sino además como alianza frente al enemigo histórico que amenazaba su precaria independencia: Galicia (Portugal podría venir también de Portu Galle, o puerto de Galicia) y Castilla en tiempos (hasta la batalla de Aljubarrota, ganada en buena parte gracias a los famosos arcos ingleses), España después. Todavía hoy los portugueses conservan algo de británico en sus maneras culturales; y también en lo más profundo se sienten orgullosos de esta diferencia atlántica que caracteriza a su peculiar iberismo, latino pero no mediterráneo. Un iberismo atlántico y pro británico que se hace más fuerte en estas zonas del norte, tan cercanas culturalmente a las de nuestra Galicia celta, quizás para marcar distancias.

Las maravillas de la que fue no hace mucho capital cultural europea son bien conocidas, por lo que voy a contar con más detalle el otro viaje, el que me llevó a la Galicia del Este de Europa, actualmente Ucrania; en concreto, a su capital, Lviv, que en muchos aspectos recuerda a la enigmática y decadente belleza de Oporto. Es curioso también que las dos regiones más extremas de la Europa continental tengan el mismo nombre: Galicia, tierra de galos. Como recordando que a estas fronteras difusas no llegaba del todo ni la civilización greco-romana ni la germánica; y que, en esa síntesis curiosa de culturas que forjaron Europa, lo celta también tiene algo que decir, casi tanto como lo eslavo, que comparte su identidad periférica con bretón, galo o céltico en general. El motivo que me llevó hasta allí, un Seminario Científico Internacional de Hispanistas titulado “ESPAÑA – EUROPA ORIENTAL: EL ALEJAMIENTO GEOGRÁFICO Y LA PROXIMIDAD CULTURAL” celebrado el día 22 de octubre de 2010.

Fundada en la Edad Media por un príncipe de la Rus ucraniana, Daniel, que le dio el nombre de su hijo Lev, León en castellano, Lviv (Львів en ucraniano), Leopolis, Lvov en ruso, Lwow en polaco o Lemberg en alemán, es un lugar de cruce de culturas y de balas como pocos en el mundo. Situado en la frontera occidental de este país cuyo nombre, Ucrania, significa también frontera, ya en el siglo XIV quedó integrada en el imperio Polaco-Lituano, y después, tras el reparto de Polonia en 1772, en el de los Austrias, que le otorgaron privilegios de capital de Reino (el de Galizia). Dependía directamente de Viena, también en el periodo más tardío de prevalencia de los húngaros sobre estas tierras eslavas del centro de Europa, y fue entonces cuando se engalanaron sus más de ochocientos monumentos (sobre todo Iglesias y palacios) con avenidas y plazas renovadas, paseos con hermosos jardines, un ecléctico teatro de la Ópera y una enorme estación de ferrocarril de diseño industrial avanzadísimo para el momento, a imagen de la gran urbe de los Austrias.

También en ese momento se construyó el ayuntamiento en la plaza del Mercado, con su esbelta –y poco agraciada- torre, y se soterró el pequeño río que servía como cloaca máxima de la ciudad (con algunos problemas de mal olor que no evita del todo el curso subterráneo y que nadie se ha ocupado de resolver en la época soviética, tan poco productiva para Lviv).

De esta capital fronteriza, ucraniana y polaca a un tiempo, pero con una importantísima población de armenios (que exhiben con orgullo una preciosa catedral de origen medieval), salieron a comienzos del siglo XX algunas de las más brillantes plumas de judíos que el Imperio Austro-Húngaro dio al patrimonio universal de la cultura en lengua alemana (Joseph Roth, por ejemplo), la mayoría de las cuales fueron silenciadas en los campos de concentración nazis. La cruel paradoja se hace infinita al conocer que esta importante población de judíos germanoparlantes, orgullosos de su ciudad cosmopolita y cansados de la cruenta guerra entre polacos y ucranianos que diezmó a la población y paralizó la cultura de Lviv entre 1919 y 1922, y sobre todo de la escalada de terror a que la sometieron los soviéticos desde septiembre de 1939 tras el reparto de Polonia que pactaron Hitler y Stalin, recibieron a los Nazis con los brazos abiertos en 1941. Pensaban que estos soldados que hablaban alemán y tenían maneras educadas, serían igual de respetuosos que los austrias de antaño. Sólo ruinas han quedado de las fastuosas sinagogas de Lviv, y su barrio judío es todavía uno de los más tristes de la vieja Europa. Tras los nazis llegaron los soviéticos por segunda vez, y de modo definitivo, destruyendo en alas del internacionalismo utópico los restos de cosmopolitismo real que habían sobrevivido.  Primero fueron expulsados masivamente los polacos, y después fueron exterminadas las élites ucranianas peligrosamente nacionalistas.

Por eso la Iglesia greco-católica (ortodoxos que obedecen a Roma: en fotografía, San Jorge, la sede episcopal), que es mayoritaria en Lviv, fue abolida hasta mediados de los 50, y siguió siendo perseguida hasta casi la Perestroika. Ni desde Moscú ni desde Kiev se veía con buenos ojos que esta ciudad hubiera sido capital de la Iglesia que todavía hoy es llamada despectivamente Uniata. El fastuoso convento e Iglesia berninesca de los dominicos, con su enorme inscripción Soli Deo Honor et Gloria, se convirtió en un museo de las mitologías religiosas y del ateismo, con el péndulo de Foucault colgando desde su alta cúpula en el centro mismo de la nave.

Hoy esta iglesia está dedicada otra vez al culto, pero sus claustros conventuales siguen albergando el museo de las creencias, con una orientación muy diferente a la del ateísmo que lo inspiró, y que todavía sigue vivo en otros países de occidente que no sufrieron esa imposición violenta del laicismo. Sobre este tema de la espiritualidad que el mundo eslavo puede aportar a la Europa del humanismo laicista escribiré otro día. Ahora voy a centrarme en mi inmersión en una ciudad, Lviv, que tanto habla de la reciente historia de Europa mal llamada del Este.

A pesar de haber estado en guerra desde 1914 a 1945, y del estancamiento soviético perceptible en gran medida hasta hoy, es una ciudad con un patrimonio envidiablemente bien conservado (reconocido Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1998) que el turismo occidental desconoce todavía, a excepción de Polonia, que no ha dejado nunca de ver Lviv como parte de su acervo cultural e histórico, con el consiguiente recelo de los actuales Leopolitanos. Algo similar a lo ocurre con España en Portugal, y quizás por eso me ha parecido bien hablar de ambas ciudades a la vez, salvando las distancias y otras diferencias. La más importante de estas disconformidades es evidente: Ucrania todavía está fuera de la Unión Europea, que le da la espalda de modo incomprensible. Por eso viajar allí es como cruzar aún el Telón de acero, lo que, junto a una cierta sensación amarga de estancamiento histórico, hace inolvidable –agridulce- la experiencia de visitarla por primera vez. Algo así debía ser el Grand Tour que se hacía a Italia o España y Portugal desde los países más desarrollados, Inglaterra, Francia o Alemania. Esta web fotográfica (http://lvivrem.org.ua/index_e.html) da una idea certera de las maravillas que encierra esta cuidad, y sirve para mostrar que lo que cuento no es exagerado, y también lo incomprensible que resulta que Lviv esté ausente de los circuitos de nuestras agencias de viajes.

En todo caso, más que turismo con sabor a aventura de pionero, viajar a Lviv es sobre todo una experiencia de inmersión en las mismas raíces de Europa, pues se trata de una ciudad sofisticadamente cultural, con una fuerte identidad y orgullo cívico, sobradamente justificado: no solamente se remonta a ocho siglos de acumulación de diversas civilizaciones sino que todavía hoy sigue haciendo historia, aunque en occidente nos resulte en parte desconocida. Fue en Lviv donde a finales de los 60 comenzó en el territorio de la URSS la resistencia contra la tiranía soviética en defensa de los derechos humanos; y, a finales de los 80, el movimiento a favor de la independencia de Ucrania como nación. En la actualidad, con 800.000 habitantes, se trata de una de las más populosas ciudades del país, y el centro económico, científico y cultural más importante de la Ucrania occidental; y también donde más fuertemente arraigada está la identidad nacional, así como el idioma, que se opone al imperialismo ruso y mira hacia Europa. En su cementerio de Lychakivskiy (uno de los más sofisticadamente artísticos del mundo) se depositaron recientemente los restos del líder de la independencia de Ucrania Stepan Bandera, asesinado en el exilio por la KGB en 1953.

La universidad Ivan Franko, que se remonta al siglo XVII con otros nombres, ha sido la anfitriona del congreso de hispanistas, cuyo cartel es especialmente simbólico del tema que estoy exponiendo desde mi experiencia de viajero: Un mapa de 1536 realizado por el sabio Sebastian Münster, que representa a Europa como una reina, o más bien emperatriz (seguramente en alusión a Carlos V). Es uno de los primeros mapas antropomórficos, idea que sería después muy imitada, según distintos parámetros ya nacionalistas, en pleno asentamiento de la idea romántica de los estereotipos nacionales.

En este otro momento histórico que anuncia la ya inminente unificación de Alemania e Italia, y la consiguiente decadencia de los grandes imperios históricos (que tan bien reflejó en sus novelas Joseph Roth), la Península Ibérica había pasado de ser cabeza de Europa, a ser la cola, la más occidental de las periferias de Europa, como expresa muy gráficamente Machado en su Poema n. LXXXIII de Proverbios y Cantares (Nuevas Canciones, 2ª Parte):

¡Que gracia! En la Hesperia triste,
promontorio occidental,
en este cansino rabo
de Europa por desollar,
y en una ciudad antigua,
chiquita como un dedal,
¡el hombrecillo que fuma
y piensa, y ríe al pensar:
cayeron las altas torres;
en un basurero están
la corona de Guillermo,
la testa de Nicolás!

La Hesperia triste (en alusión al jardín de las Hespérides que buscaba Hércules en el Finisterre) vuelve a ser el extremo periférico en el que se reciben, con una cierta indiferencia ajena, las grandes nuevas de la modernidad. La España de 1919 todavía desconocía que, trágicamente, volvería a ser de nuevo el centro de la historia europea a partir de 1936. Que ese rabo del toro, con cuya forma Zeus raptó a Europa, volvería a agitarse en el ruedo que anunciaba los conflictos de la II Gran Guerra Europea.

La ciudad antigua, chiquita como un dedal, donde escribe Machado, es Baeza, una ciudad renacentista, cuyas venerables piedras, aunque ennegrecidas y ruinosas entonces, hablaban todavía muy elocuentemente de los mejores logros de la España universal. En esa Baeza había nacido el mercedario que pagó el rescate de Cervantes, entre otras cosas: no tendríamos el Quijote hoy sin su aportación y la de su orden religiosa.

Por eso en el mapa del Renacimiento, la Hispania romana se encuentra en la cabeza de Europa; y se corona con la corona imperial. Aragón y Navarra son adornos de esa Hispania que entonces se identificaba con Castilla. No aparece Portugal en ella, aunque sí se nombra Lusitania, como parte integrante de Hispania. Tampoco aparece Ucrania, allí donde se pierden los límites del manto de la reina, en las lejanas tierras de la rus. Es de suponer que los hispanistas de Lviv querían remarcar con ese cartel la fuerte impronta que la cultura de raíces españolas dejó en Europa; una influencia que llega hasta esta ciudad de frontera, y que más allá (incluso en la misma capital de Ucrania) es ya menos evidente.

Es muy conocido que Chequia y Polonia se mantuvieron católicas gracias a España (y no sólo por la actividad militar de los tercios), y también el greco-catolicismo de Lviv debe mucho a esta influencia. La presencia de fundaciones españolas de inspiración universal como los dominicos, jesuitas y carmelitas descalzos es muy llamativa en esta ciudad, también ahora. La mayor parte de las iglesias madre de estas órdenes, que sufrieron desamortización antes que persecución soviética, son hoy parroquias greco-católicas. Los Carmelitas de San Juan de la Cruz y Santa Teresa tuvieron tanta importancia en Lviv que consiguieron un extraordinario permiso de acceso directo a la muralla, puerta que fue usada por los suecos en 1704 para asediar la ciudad, en las guerras religiosas contra Polonia. Pese a episodios accidentalmente negativos como el mencionado, todos los historiadores de Lviv reconocen que los misioneros españoles, o los autóctonos que integraron pronto esas fundaciones españolas, no sólo extendieron la fe católica por estas tierras de frontera sino que dinamizaron la vida artística y académica de la ciudad: en la torre de la grandiosa Iglesia de los Jesuitas, construida sobre los viejos muros medievales, se encontraba el primer observatorio astronómico de la ciudad, y el propio zar Pedro I el Grande asistió a un sermón de estos reformadores en la iglesia de la Compañía de Lviv, con la idea de asimilar su espíritu ilustrado y llevarlo a la iglesia ortodoxa renovada. Pero también el futuro líder ucraniano Bohdan Khmelnytski fue estudiante en la universidad de los jesuitas, que no hacían acepción de personas por sus ideas políticas. El parque mejor conservado y más vistoso de la ciudad se sigue llamando en la actualidad Jardín de los Jesuitas, sin que llegara a cuajar nunca entre la población el nombre extraño que el volteriano emperador José II de Austria quiso inventar (y que en alemán significa post-jesuita) en la época de las desamortizaciones y expulsión de la orden, emulando en el Imperio Austria lo que ocurrió en otros países, España incluida, durante el Despotismo Ilustrado.

Este despotismo ilustrado, centralista y autoritariamente laicista, fue lo que la Revolución francesa extendió más allá de las fronteras de Francia, y tuvo mucha influencia en esa España que, a partir de entonces, olvida, o se avergüenza incluso, de las grandes cosas que había hecho en la historia de Europa. Pienso que este olvido o alejamiento reciente de lo mejor de nuestra historia, siguiendo los tópicos infundados de la leyenda negra que los Enciclopedistas franceses escribieron de nosotros, tiene mucho que ver con el mismo hecho de que España pase de ser cabeza de Europa a ser su cola. Pero es este un tema demasiado pasional, y no voy a ser yo quien se enrede en una estéril polémica que recuerda un poco a las discusiones irracionales de los forofos del fútbol. Voy a, siguiendo esta misma comparación futbolística, despejar balón a córner, y retomar mi viaje a Oporto, que como Lviv representa a un país que comparte identidades de frontera, y está magníficamente embellecida tanto por su patrimonio religioso como por los mejores aportes del espíritu laico e industrial de la moderna Europa.

Los puentes de Eiffel son sin duda una parte importante del encanto de esta ciudad cortada en dos por el Duero. Pero la belleza práctica de estos puentes no sería la misma sin el palacio episcopal y la iglesia de la Compañía de Jesús, hoy San Lorenzo dos Grilos, que se apretujan alrededor de la catedral románica cluniacense, y otorgan a la ciudad vieja su silueta inconfundible. Fue un italiano, Nicolás Nasoni, el que hizo de Oporto la hermosa ciudad barroca patrimonio de la humanidad que conocemos hoy. Con su pericia técnica consiguió que los duros granitos de estas tierras atlánticas se reblandecieran como el estuco y la madera meridionales, en una curiosa síntesis que habla muy bien de las grandezas de Europa. La torre de los Clérigos, con sus 75 metros de melodía ascensional rococó, es el más emblemático ejemplo que dejó este arquitecto barroco del arte de dar blandura a la glíptica galaicoportuguesa.

Nasoni decidió hacer de esta ciudad su patria, y sus restos reposan en una tumba sin nombre en la cripta de esta iglesia de los Clérigos, enterrado como un miembro más de la orden a la que ingresó en 1743, tras enviudar de su segunda esposa portuguesa. Su sueño de pasar anónimo por la historia se ha hecho realidad: sólo sus obras siguen dando gloria a Dios y a los hombres en la ciudad del Duero, pues Oporto casi ha olvidado su nombre, aunque se enorgullece en exceso de la Caja de Música de Koolhas.

No tengo nada en contra del deconstructivismo del arquitecto holandés, pero es evidente que este sí que ha buscado dejar una huella de autor en la ciudad. No le culpo por ello; es hijo de su tiempo. Pero sí voy a criticar el intento de emular con su decoración interior (de arquitectura epidérmica hablamos mucho en el congreso sobre moda) las tradiciones de azulejos y dourados (madera cubierta de pan de oro) con las que Nasoni engalanó magistralmente Oporto, dotándole de un estilo inconfundible. Lo siento mucho, pero en este duelo ha perdido claramente Koolhas. Sus tablerillos con ondas doradas y sus plásticos y fibras de vidrio (carísimos, aunque no lo parezca: opuesto sino al del barroco, que busca lo sublime con los materiales más humildes) han envejecido mucho más rápido que los azulejos y cresterías que embellecen todavía la hermosa, en su decadencia, ciudad de la desembocadura del Duero.

Termino con una referencia al intermezzo de mi viaje a Barcelona, para asistir a la consagración de la Sagrada Familia de Gaudí por el papa Benedicto XVI. Como el día anterior en Santiago de Compostela, en esta ciudad cosmopolita y liberal se habló mucho de las raíces cristianas de Europa, y de cómo Barcelona es sin duda ejemplo de lo mejor que España, o Cataluña, ha aportado a la cultura universal. No cabe duda de que la Sagrada Familia es un símbolo de la ciudad, también de sus contradicciones: ya está construido, pese a la resistencia popular, el AVE bajo el futuro pórtico de la Gloria; y su testimonio será algo histórico como lo fue la destrucción del parque que estaba planeado en frente de esta fachada, que fue reconvertido en zona urbanizable en 1976; o antes, durante la Guerra Civil, la destrucción de los planos y de la enorme maqueta que hizo Gaudí, que sólo recientemente ha sido recuperada para guiar las obras actuales con absoluta precisión.

La consagración del Papa marca un antes y un después en esta carrera de obstáculos para la terminación de la obra, y por eso a algunos barceloneses no les ha gustado el mensaje simbólico, ni las palabras que le han acompañando. Saben que ninguna gran obra de la postmoderna y deconstructivista Barcelona podrá equipararse con semejante maravilla arquitectónica; que el sueño de Gaudí seguirá haciéndose realidad a pesar de todo inconveniente. Los visitantes continuarán llegando a Barcelona desde todo el mundo a ver no tanto a Nouvel o Fóster -aunque los disfrutarán también después- como a ese catalán, artista y cristiano, cuyo mensaje de luz y piedra es inseparable de la ciudad que tanto le dio y a la que tanto amó.

Cataluña no aparecía en el mapa de Münster de 1536, aunque tampoco aparecían Ucrania ni Portugal.  Son pequeños países periféricos que comparten una común historia y muchas incógnitas de futuro, por lo que despiertan en mí mucho interés. Hablan de una Europa que siempre sabe reinventarse para el futuro, desde el pasado, como el árbol que lanza más lejos sus ramas cuanto más profundas son sus raíces. Ese ir siempre más allá sin destruir sino incorporando, es quizás el mejor tesoro cultural que el cristianismo ha dejado en la historia de Europa. Por encima de las fronteras políticas, raciales y culturales. Algo de lo que habría que enorgullecerse también en España, Cataluña o lo que cada uno quiera; más que de lo contrario.

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