The Tree of Life. A propósito de Terrence Malick

Pasolini hablaba de cinema di poesia, no para aludir a una categoría superior de películas, sino simplemente para diferenciar los lenguajes de la poesía de los de la prosa. Es una forma de cine que, en general, habla en primera persona y contempla el mundo desde una inspiración sustancialmente irracional. Creo que en los periodos más tempranos, el cine era más un acto de admiración, de pura contemplación artística. Este tipo de cine ha existido, y continúa existiendo, con una audiencia minoritaria quizás, pero una audiencia que continúa manteniendo una cierta cualidad contemplativa (Víctor Erice en EHRLICH, Linda C. “An Interview with Víctor Erice”, en An Open Window: The cinema of Victor Erice, p. 42)

Terence Malick ha ganado la Palma de Oro de Cannes con una película que no ha dejado a nadie indiferente y que ha provocado aplausos y abucheos con la misma intensidad y en proporciones estadísticas similares. Como suele ocurrir con el mejor arte de todos los tiempos, y con ese arte social por excelencia de nuestro tiempo que es el gran cine. Pese a trabajar en la industria más poderosa y menos libre, la del cine americano comercial, Malick ha vuelto a desmarcarse de los modos narrativos y visuales característicos de este cine de grandes audiencias, para entregar al público otra de sus sinfonías poéticas, en este caso de profundo carácter autobiográfico.

Se han alabado hasta la saciedad los recursos estéticos de una cámara que seduce desde el principio con una fotografía táctil, casi pictórica, y secuencias que son como cuadros vivos, envueltos en una banda sonora que combina fragmentos originales de Alexandre Desplat con temas clásicos y modernos magníficamente seleccionados (además de Brahms, Mahler, Bach, Smetana, Górecki, Preisner y Holst). Esta narrativa poética y musical, sinfónica, es lo que desorienta a muchos espectadores, a la vez que cautiva a otros, que pueden disfrutar de la película sin necesidad de entender la trama, que es abierta, pero no confusa en su mensaje esencial. The Tree of Life es todo lo que se ha dicho de ella seguramente; pero me quedo con este resumen de FILMAFFINITY: “es un acontecimiento singular a la altura de su ambición, un destello de arte excepcional y una sutil orgía para los sentidos. Es un canto -que resuena lejano y místico- a la forja del carácter en la infancia, allí donde empieza todo, y un bellísimo homenaje en forma de susurro a la bondad de las mujeres” (Pablo Kurt).

The Tree of Life recuerda a otras películas poéticas y autobiografías de enorme altura como Zérkalo (El espejo, 1975) de André Tarkovsky, o por poner un ejemplo más cercano, El Espíritu de la Colmena (1973). Víctor Erice afirma que su cine, además de reflejar la infancia tal como él la vivió, trata del abandono de la ignorancia, revestida con los valores del mito. Y también sobre el peso del pasado o el desvelamiento de un secreto, que implica una vuelta a los orígenes. Esta respuesta es una invitación a la reflexión del espectador, y a una reflexión de carácter existencial, puesto que -son sus palabras- todos podemos reconocernos en ese protagonista-niño que una vez fuimos. Sobre todo esto trata también The Tree of life, con unos modos muy americanos, esto es más comerciales (las visiones cósmicas y evolutivas enlazan con todo un género de cine de masas fácilmente reconocible) y también una estética que puede resultar a veces kitsch en su herencia prerrafaelista. Quizás también la película sea demasiado ambiciosa en su tratamiento de las grandes cuestiones humanas, la vida y la muerte, el problema del mal, la esperanza futura… Génesis y Apocalipsis irrumpen en lo más cotidiano, del mismo modo que los diferentes tiempos, pasado, presente y futuro, se confunden en la memoria y la imaginación del protagonista Jack O’Brien (Sean Pen).

El film se abre con una cita del Libro de Job “¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba los pilares de la tierra? …Cuando todas las estrellas del alba brillaban al unísono, y se regocijaban todos los hijos de Dios?”. Le sigue una luz misteriosa que volverá a aparecer al final, y escuchamos la voz en off cálida de una mujer, luego sabemos que Mrs. O’Brien (Jessica Chastain), que habla de su propia infancia y de las enseñanzas recibidas en el colegio de monjas: en la vida hay que elegir entre dos caminos, el de la Naturaleza o el de la Gracia, con una clara preferencia por este último que es el camino de amor, y el amor lo puede todo. La mala traducción de Gracia por Dios en la versión castellana puede inducir a un error de fondo en la comprensión de toda la película. Por eso es muy aconsejable verla en inglés. No hay tal aparente contraposición entre Dios y naturaleza; de hecho, Mrs. O’Brien auna ambos ingredientes de modo perfecto, y por eso es tan admirable.

No voy a contar nada más de la película, pues vale la pena verla sin prejuicios; pero sí que voy a traer aquí un texto de una exposición de arte organizada con ocasión del Expresarte (unav.es/expresarte) 2008, con la obra del artista Mexicano Antonio Gritón, que me ha recordado que Gracia y Naturaleza no son contrapuestas, sino que van a la par, como opino que propone la película de Terrence Malick.

Antonio Gritón (http://www.arteinformado.com/Artistas/8623/antonio-griton) es un artista mexicano que ha encontrado en Navarra un segundo hogar; o más concretamente en la Navarra verde, en ese valle encantado de la Ultzama, que ha sido para él como nido que da cobijo a un ave migratoria. Las tradiciones vascas que impregnas la cultura de este nuevo entorno han hecho reavivar en él viejos recuerdos aztecas, que hablan de la madre tierra y de los ancestros, sin que esto signifique una vuelta a lo tribal.

En este tiempo nuestro de fes inciertas, de sincretismos antipaternalistas, la vuelta a lo telúrico esconde muchas veces una actitud neopagana, que tienen más de deconstrucción de lo judeocristiano que de verdadero impulso creador, superador de contrarios. No ocurre así en el arte de Antonio Gritón, capaz de sintetizar lo antiguo y lo moderno, lo mítico y lo religioso, lo patriarcal y lo materno, lo cultural y lo que brota, como los árboles, de la misma tierra. No ve Antonio las incompatibilidades que Europa ha levantado durante al menos dos siglos entre lo sacro y lo humano, demasiado humano.

Quizás es así porque toda la cultura mexicana está impregnada de sacralidad, y por eso mismo incluye también la visión mítica del mundo, con absoluta naturalidad. Sin darse casi ni cuenta, Antonio Gritón puede así recordarnos que también las  tradiciones míticas de los pueblos cananeos sobre los ciclos renovadores de la tierra anunciaban el grano de trigo que muere y da fruto; como si los mitos prepararan el momento histórico adecuado en el que la Muerte sería asumida, y la resurrección de Cristo rompería el ciclo natural inflexible de la naturaleza, sin dejar también de estar de acuerdo con ella a lo largo del tiempo, con sus estaciones y sus días. Con su cuadro Anunciación, Antonio parece recordarnos que el útero de la Virgen-Madre fue buena tierra que el Espíritu fecundó, según extraños modo materiales que la Palabra escogió para hacerse Hombre, como analiza Benedicto XVI en Jesús de Nazareth (p. 319).

Por eso, y aunque Antonio Gritón no conociera estas palabras, qué mejor final para esta breve presentación de la muestra de su obra más reciente que las siguientes opiniones del Pontífice, escritas antes de que lo fuera: “El consuelo maternal revela plenamente a Dios preferentemente a través de las madres, a través de su madre. ¿Y a quién podría extrañarle? Ante esta imagen se desprende de nosotros la fatuidad; se diluyen las crispaciones de nuestra soberbia, el miedo ante el sentimiento y todo lo que nos hace enfermar por dentro. La depresión y la desesperación se apoyan sobre el hecho de que el ámbito de los sentimientos se desordena o falla completamente. Ya no vemos lo que hay de cálido, consolador, bueno y salvador en el mundo –todo lo que podemos percibir únicamente con el corazón-. En la frialdad de un conocimiento al que se le ha privado de su raíz, el mundo se vuelve desesperación. (…) Podemos abrirnos a la cercanía de la madre sin temor a falsos sentimentalismos y sin miedo a caer en lo mítico. Todo esto se vuelve mítico y enfermizo sólo cuando lo desgajamos del contexto global del misterio de Cristo. Entonces, lo empujado a un lado regresa como esoterismo en formas embrolladas cuya promesa es vacua e ilusoria. En la imagen de la madre del redentor aparece el verdadero consuelo: Dios está, también hoy, tan cerca de nosotros, que podemos tocarlo” (J. Ratzinger, Luces de la Esperanza, Encuentro, p. 21).

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