Melancholia versus El árbol de la Vida

Von Trier is a burr under the hide for many viewers, and the unconverted won’t be convinced. But it’s audacious, beautiful, tactful film-making and perhaps the perfect match for The Tree Of Life on a bipolar double bill.


Es curioso que dos directores geográficamente tan lejanos hayan realizado a la vez dos películas que recurren a una estética poética similar, y en las que lo biográfico tiene tanta importancia como la presencia de la naturaleza, que adquiere protagonismo cósmico. Cambia radicalmente la solución que ambas proponen, una esperanzada, con una esperanza abierta a múltiples opciones religiosas, también la cristiana, y la otra absolutamente desesperanzada, nihilista podríamos decir. El triunfo del cosmos o el del caos en la vida humana y en el mundo. Quizás de nuevo, como ya hice en la entrada sobre El Arbol de la Vida, haya que hablar del papel que la madre representa en cada una de esas películas, que es también la de la biografía de sus directores. Sabemos por sus propias declaraciones que la madre de Lars le contó cuando ya era mayor que su padre no era quien él creía sino un pianista católico con el que ella tuvo un flirteo. Esta es al menos la explicación que el propio Lars solía aducir por su conversión al catolicismo, en el que no ha sido muy coherente, al menos en lo que a la temática de sus películas se refiere. Dogville por ejemplo, tan magistral en todos los aspectos, es una lección de puritanismo sin misericordia; la metáfora trinitaria de Dios excluye en todo momento  la noción de Gracia y de perdón. Si es ésta una visión personal del director, o símplemente una crítica a lo que él identifica con América (y toda la Trilogía es muy antiamericana), no es fácil de saber. Pero la última película, tan autobiográfica, parece confirmar que esa visión desesperanzada de Dogville es ya la perspectiva del propio Lars.


Sirva como resumen de la película esta síntesis de una blog de cine:

El planteamiento es complejo en su puesta en escena, aunque realmente sencillo argumentalmente hablando. Justine y Michael celebran su boda en la mansión de la hermana de la novia, Claire, y de su esposo John, a la que asisten ambas familias. Mientras, Melancolía, un planeta errante de mayores dimensiones que la Tierra, y recién descubierto por los científicos, avanza hacia nuestro mundo tras entrar de forma abrupta en nuestro sistema solar, para salir finalmente de él. Ambos acontecimientos marcarán profundamente los sentimientos de los protagonistas, y sus acciones. Toda familia está compuesta por personas que, en mayor o menor medida, influencian a las demás, en un juego de fuerzas que en ocasiones alcanza su mayor grado de tensión, y en otras ayuda a distender el ambiente. En una boda, este equilibrio (cuando existe) resulta mucho más difícil de mantener, máxime cuando, como en este caso, la novia posee un carácter tan mutable y huidizo, que hasta su propio y reciente marido apenas sabe cómo reaccionar ante sus cambios de humor. Para todos, ella está enferma, y condicionan su vida, al menos cuando ella está cerca, para hacerla feliz. Sólo su madre manifiesta abiertamente su malestar por el paso que su hija está dando, y no parece importarle que toda esa celebración acabe arruinada, como de hecho ocurre. El resto de la película muestra la espera del fin del mundo, y las diferentes actitudes de los personajes ante ese final apocalíptico.

 

Como en el caso de Malick, estamos ante un cine poético, que contempla el mundo desde un punto de vista esencialmente subjetivo e irracional. De hecho, tanto la madre como la hija protagonista de Melancholia, Justine (Kristen Dunst) recuerdan mucho a la madre liberal del propio director, y a él mismo. Los vínculos materno-filiales dejan una profunda huella, también artística. Puede ser interesante por eso, recordar que también Terrence Malick perdió a su hermano menor cuando tenía 19 años, y que, como el protagonista de su película Jack O’Brian (Sean Penn) se plantea las grandes cuestiones sobre el sentido del Cosmos, del mal y de la muerte, espoleado por este trauma familiar no resuelto. Como ese personaje, el director nació y creció en Waco, Texas, en una familia de tres hermanos, el segundo de los cuales se suicidó después de haberse lesionado las manos para tratar de mostrar a su padre que no quería continuar con las lecciones de guitarra española. La película muestra estos fragmentos de recuerdos personales, aunque nunca dice que la muerte del hijo se deba a un suicidio, y quizás no sea necesario decirlo. En todo caso, ayuda mucho saber esta información biográfica de Terrence Malick para entender por qué, junto al homenaje a la madre y el dolor por la pérdida de un ser querido, hay también en el protagonista un sentimiento de distancia, que a veces adquiere tintes de odio, hacia un padre autoritario, al que se perdona finalmente. A diferencia de Melancholía, en la americana película de Malick, el perdón y la Misericordia divina son fundamentales en el desarrollo de la trama.

El fuerte trasunto personal, poético, en esta historia de redención desde la memoria se enriquece con una serie de símbolos que aportan a la pelíucla El Árbol de la Vida una dimensión universal. Veamos con detalle algunos de estos símbolos más potentes, comenzando por el mismo título. El concepto de Árbol de la vida como árbol de muchas ramas simboliza la idea de la vida en la tierra, y por eso se ha utilizado tanto en la religión y la mitología como en la filosofía y la ciencia. El Árbol de la vida tallado, pintado, bordado o impreso ha existido desde el comienzo de la historia del arte, y es un motivo muy recurrente en un cierto ecologismo primitivista actual que combina la mirada al pasado con una cultura New Age que reivindica haber superado la tradición judeocristiana. Aunque prolifere mucho últimamente este mensaje (ver por ejemplo The Fountain, 2006, cuyo tema central es también el Árbol de la vida) no es algo nuevo: artistas como Gustav Klimt o Edward Munch lo hicieron también a finales del siglo XIX y comienzos del XX; la artista cubanoamericana Ana Mendieta se autorretrata también así simbolizando el poder de la vida desde sus orígenes y en su constante fluir generacional.

El Árbol de la Vida expresa por tanto la importancia de las raíces para el correcto desarrollo de la vida, y habla también de anhelos de inmortalidad, de la prolongación en el tiempo de los ciclos naturales. Todos estos elementos están muy presentes en la película de Terrence Malick, que ha sido criticada tanto de panteísta como de maniquea, por su visión un tanto gnóstica de la naturaleza y del espíritu o la Gracia, que aparecerían como elementos opuestos. Es cierto que el protagonista, Jack O’Brian experimenta el conflicto entre el camino de la Gracia y el de la Naturaleza, que según algunos autores simbolizarían cada uno de sus padres. Mrs O’Brien es gentil, amable y a la vez vigilante, por lo que sería la Gracia, mientras que Mr O’Brien es estricto y autoritario, con un temperamento fuerte que no controla, y le lleva a ser muy duro a veces con sus hijos, justificándose en que les quiere preparar para un mundo cruel. Otros críticos han visto, sin embargo, en la madre a la naturaleza y en el padre a la figura simbólica de un Dios autoritario, que representaría la Religión judeocristiana. En realidad son simples recuerdos del director, que hace de su autobiografía un pretexto para hablar de las grandes cuestiones, de modo poético, con constantes saltos en el tiempo y cierta confusión entre la realidad del presente y la evocación de la memoria infantil; a la que, para complicarlo más, se unen las voces de toda la familia que reza al unísono, y las visiones oníricas en las que se nos narra la historia del cosmos y el significado mismo de la vida en la Tierra. Génesis y Apocalipsis, principio y fin irrumpen en lo más cotidiano, a la vez que los diferentes tiempos, pasado, presente y futuro, se confunden en la memoria y la imaginación del protagonista.


Del mismo modo, la película de Lars von Trier confunde en su narrativa poética vivencias soñadas con la experiencia del presente y la expectativa de un futuro apocalíptico inminente. Pero no trasciende tanto de esa autobiografía como lo hace El Arbol de la Vida, quizás porque no recurre a símbolos tan potentes, salvo el de la danza de la muerte. Pero el problema del mal gravita en toda la película, aunque finalmente la solución sea excesivamente simple, poco convincente. La paz que anhela Justine, y que no encuentra ni en el trabajo ni en la familia, le viene al borde de la muerte cuando asume que sólo hay naturaleza, instinto. Nada más. El árbol de la vida es pura naturaleza, y por tanto desintegración de la persona, sin otras complicaciones ni misterios, salvo los del conocimiento científico, que es infinito, como la misma naturaleza. Es muy de nuestro tiempo sentimentalista aderezar esta propuesta con una estética romántica, que tiene muchos puntos en común con la de Terrence Malick en El Arbol de la Vida, pero que en este caso se pone al servicio del mensaje decadente y existencialista.

También en la película de Terrence Malick, la gran cuestión pivota en torno al problema del mal. Tanto el título como la alusión a la Gracia y la Naturaleza son una referencia clara de los dos árboles del Paraíso, tal como describe el libro del Génesis. Según la hermeneútica más avanzada, el razonamiento que describe simbólicamente el Génesis con la prohibición de comer del Árbol del Bien y del Mal es que, aunque a Dios el mal le es ajeno, no lo es así para el hombre, que hace suyo cuanto conoce, bueno y malo, integrándolo en su propia vida. Al probar la fruta prohibida, se pasa de un conocimiento de fe o confianza en Dios (la raíz fides es la misma) a un conocimiento de doxa, o experiencia; sólo entonces, Adán (el hombre en hebreo) y Eva (la mujer) se avergüenzan de su desnudez, de su sexualidad diferente, pues algo indomable se ha apoderado de todo su ser. Se explica de este modo simbólico cómo de la opción por la propia experiencia del mal, por desobediencia a Dios, depende después la historia de la humanidad emancipada, con sus logros y miserias[1].

El sexo es un tema clave en ambas pelícuas. Terrence Malick lo integra en un dimensión familiar, generacional. Lars lo expresa como instinto desatado que no puede ser nunca encauzado en estructuras sociales. Aunque el tratamiento de este tema es más decoroso que en otras películas suyas, es obvio que juega con la nota erótica desde el principio (el desnudo integral era bastante previsible), y que uno no puede evitar viendo a la protagonista el recuerdo de una escultura Kitsch titulada precísamente Melancolía.

No es un problema de la actriz, por supuesto. Lo hace admirablemente bien. En todo caso, me alegro por Penélope Cruz, que finalmente no quiso hacer el papel de esta película, como el propio director señala en los créditos. Quizás le hubiera pasado como a Nicole Kidman en Dogville, que acabó tan harta de los excesos del Lars von Trier que decidió desvincularse del resto de la trilogía. Las consecuencias tormentosas de las obsesiones sexuales del director no quedan sólo en su propia persona, como puede verse en el “cómo se hizo” de los extras de la edición Coleccionista de Dogville. Pero volvamos al libro del Génesis. Tras la opción por el conocimiento-experiencia, naturaleza e instinto incluidos (todo lo que el conocimiento del Bien y del Mal encierra), el Árbol de la Vida es dejado atrás, en el Paraíso perdido.

La sombra de pérdida del paraíso que acompaña a la noción de culpa nos recuerda que el conocimiento de los designios de Dios, aunque se hace más confuso por el pecado de desobediencia, perdura también después. Es el “no sé qué que queda” de San Juan de la Cruz: la percepción de las huellas visibles de lo trascendente, inmortal y desinteresado, por encima de la experiencia inmediata de sexo y muerte, que remiten sobre todo al instinto personal y a la subordinación del individuo a la especie –lo más mortal del ser humano. La atención a los valores, la misteriosa y silenciosa vinculación a los demás, la solidaridad innata con los otros miembros de la especie humana, que comparten nuestra suerte y destino, son constantes que nunca llegan a neutralizarse del todo por el egoísmo instintivo, que es también una de las formas biológicas de conservación en el hombre. La vida humana discurre en un clima de tensión, precisamente entre el impulso de lealtad y de servicio a lo que nos es afín, y la afirmación de lo meramente propio. El crecimiento de la conciencia y de la individualidad suele agudizar esa tensión pero pone asimismo las condiciones de madurez psicológica y humana para resolverla adecuadamente[2].

No habría por tanto contraposición entre Gracia y Naturaleza en El Arbol de la Vida (en Melancholía simplemente hay ausencia total de Gracia), y de hecho Mrs. O’Brian representa la armonía de ambas fuerzas, y es el mejor trasunto de Job, inocente en sus padecimientos. El Libro de Job fue compilado en Mesopotamia, donde existían también escritos similares como el de la Sabiduría de Ajicar (c. 500 a. C.), sobre el justo sufriente, que se lamenta y concluye resignado que los planes de los dioses son enigmáticos. La diferencia está en las conclusiones de ambos, cínicas o pesimistas en el primer caso, y abiertamente esperanzadas en el segundo que, sobre todo, defiende sin titubeos que el mal no está necesariamente ligado al castigo divino, ni la relación con la divinidad se limita al do ut des[3].

Por esta causa, la alabanza a Dios de Job a pesar de su desgracia, es considerada por la Iglesia como un anuncio del Salmo 21-22 –sobre el Siervo de Yahvé, el justo injustamente atormentado- que recita Cristo en la Cruz. Se trata de un conocido himno compuesto en la época del rey David que, aunque comienza con el versículo “Dios mío, por qué me has abandonado”, concluye, tras una referencia explícita a varios signos proféticos de la Crucifixión -clavos de las manos y los pies, reparto de las vestiduras y sorteo de la túnica-, con la proclamación solemne del cumplimiento de los designios de Dios, inexplicables muchas veces para el hombre pero siempre acertados.


El recurso a los relatos en enigma o proverbio (mashal en hebreo) era un modo de tratar de las grandes cuestiones religiosas sin cerrar las múltiples lecturas antropológicas del mensaje, que iba dirigido a cada hombre instruido en la Palabra de Dios. Mendenhall muestra cómo “la historia aparentemente ingenua e infantil es en realidad un trabajo de suma habilidad y sofisticación que proviene de la tradición sapiencial del antiguo Israel”[4]. El Génesis transciende la mera explicación mítica de los orígenes, para expresar simbólicamente cómo es la naturaleza humana: libre (dotada de conocimiento y voluntad, a imagen de Dios) pero a la vez creada, y, por tanto, con las limitaciones propias de la naturaleza. La frase ‘si coméis de él -es decir, si negáis los límites, si negáis la medida-, entonces moriréis’, significa que el hombre pertenece a la medida interna de la Creación, pero a la vez puede declinar esta verdad de ser creado, y a la vez hijo de Dios. Al negar esta verdad, y la necesidad de la Gracia, se encierra en los límites que le impone la naturaleza, donde vive en la apariencia de una libertad (dueño del bien y del mal), pero sólo es víctima de su propio instinto. Esta vida de apariencia es el dominio de la muerte, lo que la teología llama pecado de origen o hereditario: la ausencia de una vida de Gracia, de unión con Dios, única fuente de inmortalidad del hombre[5]. Otros mitos como el de la caverna platónica explican esta misma realidad antropológica de una vida de apariencia, de sombras, que sólo con esfuerzo y amor trasciende a la verdadera realidad; mitos que películas como Matrix (la vida aparente en Matrix y la vida –dura- de la realidad de los elegidos) visualizan en clave de ciencia ficción.


Este estado de muerte en vida es el que tenía el protagonista, Jack antes de experimentar en su trabajo, como un milagro cotidiano, la esperanza de una Vida verdadera (si esto forma parte de su imaginación o es real no es algo importante: a él le sirve para seguir adelante), a través de una iluminación profunda que le reconcilia con su infancia y por tanto, con las raíces religiosas que había abandonado. El resultado es un final abierto, pero feliz, pues redime no sólo al padre y la madre de la culpa de la muerte de su hijo, sino que le reconcilia también a él con su propio padre, y con el Padre de todas las cosas. Aunque para ello, Terence Malick nos haya tenido que mostrar todos los grandes misterios de la vida humana desde la poesía mágica de lo ordinario, con respuestas muy arriesgadas sobre la esperanza en la resurrección y reencuentro con los seres queridos, cuando ya no hay tiempo, y Dios mismo ilumina radiante en medio de la eterna juventud de una humanidad salvada.

La protagonista de Melancholía, por el contrario no parece querer encontrarse con nadie, sólo fundirse con la naturaleza cósmica y desaparecer. La trampa de Lars consiste en hacer también de los seres más familiares, los que tienen lazos de amor fuerte, personajes débiles, desesperanzados, sin dar opción a otras propuestas igual de atractivas que la del personaje más liberal, supuestamente libre en sus instintos, de Justine. Culmina así el camino de Lars von Trier en relación con un existencialismo nórdico -Bergman está siempre en el horizonte, y la música de Tristán e Isolda de Wagner aporta connotaciones de tragedia germánica a todo el conjunto-, que afortunadamente tiene su complemento en otras visiones de la vida humana como la que nos ofrece Terrence Malick. Remito al párrafo final de mi entrada anterior en relación con The tree of life, especialmente a la referencia al papel de la madre (tan distinto en ambos directores) y a la maternidad en general (que no excluye a Dios) como factor benigno superador de la violencia determinista, instintiva en el caso de la vida, de la naturaleza.

Se puede echar de menos en la película El Árbol de la vida una referencia al Árbol de la Cruz, que es según la teología cristiana el nuevo Árbol de la Vida, pues simboliza la presencia de Dios entre los hombres, a través de los Sacramentos que Cristo ha obtenido del Padre con su obediencia de amor infinito. Si Malick emplea la elipsis para poder llegar a todos los creyentes de religiones monoteístas o lo hace por sus propias convicciones, es algo que no sabemos, aunque esta elipsis se resuelva musicalmente (son sobre todo temas de la liturgia cristiana). También queda fuera de nuestro campo el distinguir entre lo que son sus propias ideas y las que aprendió de su madre, puesto que todo se confunde en los recuerdos de la infancia que Terrence Malick rememora en esa vivencia presente del hijo pródigo Jack O’Brian. Por eso pienso que es un tanto forzado, como hace Juan Manuel de Prada en el ABC, darle un sentido sólo cristiano a esta redención: “A la postre, ese hijo torturado contempla —¡mientras suenan los acordes del «Agnus Dei»!— a la humanidad resucitada, lavada en la sangre del Cordero, que respira un cielo nuevo y pisa una tierra nueva”.

Sí que apoyo la conclusión a la que llega este crítico, pues no es ajena a todo el mensaje de la película, que busca hacer  compatible la esperanza cristiana en la redención de la culpa y la resurrección con las más modernas teorías sobre la creación de la tierra y de la vida humana:  “Sin fe en la resurrección de la carne no hay comprensión cabal del dolor humano; porque sólo la fe en una restauración plena en Dios que recompense al ciento por uno —con el revestimiento de un cuerpo glorioso— las heridas que nos han sido infligidas hace soportable nuestro paso por este valle de lágrimas. Esto es lo que Malick proclama sin rebozo en esta película inmensa: hemos salido del Padre y volveremos al Padre. Y no seremos almas pululando en la inmensidad del cosmos, sino cuerpos renacidos para la gloria eterna”.

La propuesta final puede ser veterotestamentaria (pues aunque aparecen los Sacramentos en escena, no se profundiza en su significado), pero es también universal, y por eso se presta a todo tipo de lecturas, según las diferentes aproximaciones de cada espectador, tanto de esta generación como de las venideras, pues no cabe duda de que estamos ante una película que perdurará en el tiempo como obra de arte que es.



[1] En la tentación de la serpiente a Adán y Eva no se niega a Dios sino que se introduce la sospecha sobre la bondad de sus intenciones al crear el mundo y el hombre. Por eso el Génesis también describe que, más real que la tentación de comer del Árbol del Bien y del Mal, era la vivencia de Dios, cuya presencia cercana simbolizaba el Árbol de la Vida. Habría, por tanto, una base filosófica detrás de los símbolos del Génesis; y también una realidad antropológica universal, manifestada en los diferentes mitos que explican la “caída”. RATZINGER, Joseph, Creación y Pecado, EUNSA, 1992.

[2] MORALES, José, Fidelidad, Rialp, Madrid, 2004, p. 60.

[3] Libros Poéticos y Sapienciales, Eunsa, Pamplona, 2003. Introducción.

[4] Una forma literaria que sirve para encubrir incluso cuando se revela, pues invita a investigar en el sentido más profundo, con dobles significados en términos claves como sabiduría, árboles, vida y muerte (material o espiritual), etc. MENDENHALL, G. E. “The Shady Side of Wisdom”, en BREAM, H. N. (edit.), Old Testament Studies, Temple University Press, Philadelphia, 1974, pp. 319-334.

[5] RATZINGER, Joseph, Creación y Pecado, op. cit., pp. 87-98. En este contexto hay que interpretar también la frase de Jesucristo: “la verdad os hará libres”. El se presenta como el camino, verdad y vida que libera de la esclavitud de lo más mortal del hombre; y en último término, de la misma muerte.

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4 Respuestas a “Melancholia versus El árbol de la Vida

  1. Un poco mitologico .Pero tiene mucho real y espiritual lo q me hizo comprendr un poco lo q andaba buscando … Gracias .

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