De tumbas y crucificos. Usos y abusos de un símbolo


El Valle de los Caídos, oficialmente denominado Abadía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos es considerado el símbolo más importante del franquismo, y pasará a ser un monumento homenaje a todos los caídos en la Guerra Civil, tanto de un bando como del otro, si se siguen las recomendaciones de una comisión de expertos sobre el traslado de los restos del general Francisco Franco a otro lugar. La idea es interesante, si no fuera porque es percibida por una mayoría de españoles como una provocación para el partido de la oposición, que ha ganado la elecciones por mayoría absoluta. Esto es, se recibe como el último coletazo de laicismo del gobierno Zapatero, que ha utilizado la memoria histórica para dividir a los españoles en vez de curar viejas heridas aún abiertas.

Es conocido que la crisis económica obligó al gobierno de Zapatero a postergar indefinidamente su anunciada Ley de Libertad Religiosa, que pretendía revisar los acuerdos de 1979 entre el Estado español y la Santa Sede, en un momento propicio políticamente, puesto que la Gran Cámara del Tribunal Europeo de Derechos Humanos había considerado la presencia del crucifijo de las escuelas públicas italianas como “una violación de los derechos de los padres a educar a sus hijos según sus convicciones” y de “la libertad de religión de los alumnos”. Esto es, el recurso a las altas instancias de Europa servía entonces como un perfecto argumento de laicidad.

Pero el 18 de marzo de 2011, el Tribunal de Estrasburgo o Corte Europea de los Derechos Humanos  rectificó su sentencia de noviembre de 2009, declarando, con 15 votos a favor y 2 en contra, que la presencia de  los crucifijos en las aulas no constituye “una violación de los  derechos de los padres a educar a sus hijos según sus convicciones” y  de “la libertad de religión de los alumnos” ya que “no subsisten  elementos que puedan probar que el crucifijo influye eventualmente en los alumnos”. De este modo, la Gran Sala del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, daba la razón a Italia contra la denuncia de Soile Lautsi, una mujer italiana de origen finlandés que sostiene que los crucifijos en las aulas violan su derecho a educar a sus hijos en los valores del laicismo. Pero como el constitucionalista Joseph Weiler defendió ante ese tribunal europeo con ocasión de decidir la apelación del gobierno de Italia contra la sentencia que obligaba a retirar los crucifijos, “la laicidad es una posición política respetable, pero ciertamente no neutral (…) Es jurídicamente deshonesto adoptar una posición política que divide a nuestra sociedad, y pretender que de algún modo sea neutral”.

El recientemente Dóctor Honoris Causa por la Universidad de Navarra Joseph Weiler, judío de raza y religión, ha tenido sin duda mucho que ver en este cambio de orientación del tribunal Europeo sobre un tema delicado. Sus argumentos fueron inapelables: “Es claro que, dada la diversidad de Europa en este asunto, no puede haber una solución vinculante para cada país miembro para toda aula y toda situación. Hay que tener en cuenta la realidad política y social de los diversos lugares, de su población, de su historia y de la sensibilidad y susceptibilidad de los padres. Pero ni Francia sería la misma con el crucifijo en clase, ni Italia sin él, ni Inglaterra sin el God save the Queen (…) Ciertamente el derecho a la libertad religiosa debe garantizar que un alumno que no lo desee no pueda ser involucrado en un acto religioso, ni obligado a participar en un ritual religioso, ni que la afiliación religiosa sea una condición para gozar de derechos estatales. El o ella deberían tener derecho a no cantar God save the Queen, si esto contrasta con su visión del mundo. Pero ¿ese alumno puede pedir que no lo canten los demás?”.

La decisión del tribunal recoge esencialmente esta argumentación cuando afirma que, al menos en el caso de Italia, el crucifijo es “sobre todo un símbolo religioso, pero no hay ninguna prueba de que su visión en los muros de un aula escolar pueda tener influencia sobre los alumnos”. España no es Italia, pero tampoco es Francia, por lo que las soluciones tomadas por el Gobierno Zapatero han sido sobre todo medidas políticas que han provocado más enfrentamiento social que el que, teóricamente, trataban de evitar. Por eso, incluso sus medidas más pertinentes, como la reforma del Monumento a los Caídos son recibidas ahora por muchos españoles con recelo, al menos con el mismo recelo con que se recibieron en la Segunda República las leyes laicistas similares que el gobierno Zapatero ha intentado de nuevo resucitar.

Me limitaré a recordar un ejemplo local, de la Pamplona que me acoge desde hace ya muchos años. Cuando la II República prohibió los símbolos religiosos –esto es cristianos, apenas había otras confesiones religiosas en la España del momento- en espacios públicos, se construía en Pamplona el Seminario Diocesano, cuya portada está concebida en forma de inmensa cruz, seguramente para provocar al gobierno republicano y a sus leyes laicistas. Aunque se trate de una obra del magnífico arquitecto Víctor Eusa, ese mal uso de la Cruz es todavía evidente desde el punto de vista estético, pues ha envejecido más rápidamente que otras de sus grandes construcciones. Lo que quizás no se conozca tanto fueron las consecuencias inmediatas de esa construcción en la vida de los que la hicieron. En la Casa del Pueblo de Pamplona se echó a suertes el asesinato como represalia, bien del propio arquitecto o bien del constructor, un tal Lorca, que tuvo la mala suerte de salir ganando en este macabro sorteo, tal como lo contó después a la policía el autor del crimen.

Esto es, por razones políticas, se hizo un mal uso de los símbolos religiosos (en ambos lados) que fue preparando un clima de conflicto social que culminó en la Guerra Civil y después en el Franquismo. Sin llegar a estos extremos, afortunadamente, es evidente que también se ha hecho un mal uso –político- de los símbolos cristianos en la España de Zapatero, que ha sido un laboratorio de experimentación del laicismo en Europa. Un laicismo que ya no se conforma con la omisión de las raíces cristianas (la Constitución europea es un ejemplo de ello) sino que prefiere la guerra abierta, mediante la politización del simbolismo de la cruz, que desvirtúa su contenido como signo positivo, que suma o aúna voluntades en vez de separarlas. Y es evidente también que este tipo de abusos al servicio del laicismo – autonominado injustamente laico- puede provocar por reacción otros abusos políticos del símbolo; pues laicismo y nacionalcatolicismo no son sino extremos que se alimentan mutuamente en su radicalidad. En ambos casos, se trata de usar la cruz como pretexto para un ajuste de cuentas con la historia, y no para la búsqueda de paz y convivencia entre ciudadanos de distintas ideas políticas, que es lo que la cruz de Cristo debe siempre simbolizar.


Paralelismos en el extremo opuesto de Europa: el caso de Polonia.

En su famoso libro The Curtain. An Essay in Seven Parts, Milán Kundera afirma lo siguiente: “Hay tantos polacos como españoles. Pero España es una vieja potencia cuya existencia nunca estuvo amenazada, mientras que la Historia ha enseñado a los polacos lo que quiere decir no ser. Privados de su Estado, vivieron durante más de un siglo en el corredor de la muerte. ‘Polonia todavía no ha perecido’ es el primer y patético verso de su himno nacional (…)”[1]. Hay mucho de verdad en esta afirmación sobre la precaria situación histórica de naciones como Chequia –patria del propio escritor- y Polonia, situadas entre grandes imperios que amenazan constantemente su propia identidad nacional. Pero no parece acertada la comparación con España. Al menos en Polonia el himno nacional tiene una letra; en España todavía siquiera nos hemos puesto de acuerdo en escoger una letra que nos identifique a todos.

Habría por tanto también algunos lazos en común en este aspecto de la propia identidad en conflicto con la reciente historia. Para Polonia, el arte y la literatura fueron en el pasado la conciencia nacional de un estado ausente, su único modo de existir; y el cine toma este relevo en la segunda mitad del siglo XX, como conciencia de una Polonia renacida. También en España, el arte y la literatura del siglo XIX, con su momento álgido en la Generación del 98, vuelve una y otra vez a la cuestión de la identidad nacional; esa difícil convivencia de dos Españas que acaban enfrentándose en la terrible Guerra de 1936. El cine será también, a partir de los 50 una ventana a las cuestiones que la Guerra había puerto entre paréntesis, pero no enterrado del todo. Y en ambos países, los directores tendrían que lidiar con un tipo de censura muy similar (Polonia tenía más libertad que los países de la URSS), que anticipaba una transición menos traumática que la que siguen sufriendo los antiguos países de la Unión Soviética.

Son múltiples las razones históricas y culturales que hacen de España y Polonia dos países hermanos, hasta el punto de que podría rastrearse una similar historia cultural del cine en esa segunda mitad del siglo XX; con un pequeño desfase de cinco años, que corresponde a los años del final de las dos guerras “patrias”, y que en el caso de Polonia tiene un paréntesis entre el año 81 y el 89, cuando ya definitivamente se produce el colapso del sistema socialista, gracias en buena parte al ejemplo polaco. Desde entonces se puede hablar de un verdadero milagro democrático en Polonia, lo mismo que ocurrió en España, y también pueden establecerse paralelismos en la política más reciente de ambos países, especialmente en la cuestión que ahora nos ocupa. La diferencia, es evidente, estriba en que Polonia salía de un régimen autoritario de izquierdas, y el catolicismo era la resistencia, mientras que España lo hacía de un régimen autoritario de derechas, que se autoproclamaba católico.

Desde el pasado mes de octubre, Plataforma Cívica, el partido del primer ministro polaco Donald Tusk, es el primero que gana dos elecciones seguidas en la Polonia postcomunista, pero la jornada electoral ha sido tensa, casi tanto como lo fue la primera elección, que tuvo lugar poco tiempo después de la catástrofe nacional de Smolensk (Bielorusia). Es sabido que este accidente de avión en el que murió, además del presidente Lech Kazinsky y su esposa, la plana mayor del ejército y de la Iglesia polaca, actualizó la tragedia del bosque de Katyn, lugar al que se dirigían las víctimas del accidente. En este lugar fueron asesinados en 1940, por orden expresa de Stalin (oculta hasta 1990), 20.000 voluntarios oficiales del ejército polaco, seleccionados entre la elite cultural, política y económica del país. Ese episodio sangriento de la sangrienta reciente historia polaca, como narra la homónima película de Andrej Wajda, fue manipulado por las autoridades de la URSS para atribuirlo a los Nazis y provocar así la difuminación de la memoria, e indirectamente, la división de la sociedad polaca durante todo el periodo comunista. Para muchos polacos, la actitud del gobierno de una Rusia poco cooperadora (el presidente Putin había vuelto a archivar los documentos de Katyn, y sólo después del accidente fueron liberados de nuevo -y también la película Katyn ha sido distribuida en Rusia, dos años después de su estreno), convertía a los polémicos vecinos en sospechosos de todo tipo de teorías conspiratorias.

Todavía no están claras las causas del accidente de avión, pero sí que es evidente que la tragedia nacional no unió a la sociedad polaca como era esperable que ocurriera (del modo, por ejemplo, que ocurrió después del 11S en Los Estados Unidos), sino que la separó aún más.  Media Polonia piensa que Lech Kaczynski fue el principal responsable de la tragedia y acusa al PiS (el partido Ley y Justicia, del hermano gemelo del difunto presidente, Jaroslaw Kaczynski) de instrumentalizar la tragedia mientras para la otra media el difunto presidente es un mártir asesinado por los servicios secretos rusos.

Rusia, que seguramente no ha tenido nada que ver en el accidente, está aprovechándose de esta división democrática, manejando a su antojo la información sobre el siniestro; del mismo modo que los terroristas -fueran quienes fueran- se aprovecharon de la desinformación para aumentar la división que había en España después del atentado del 11M unos días antes de las elecciones que dieron la victoria al presidente Zapatero. Comparo estos acontecimientos porque, salvando las distancias causales, tienen en común un similar contexto histórico: la división política ya existente en un momento electoral, tanto en España como en Polonia se convirtió en división social, entre otras muchas causas por una mala gestión de la crisis por parte de los respectivos gobiernos. Una crisis que, en ambos casos, ha generado todo tipo de teorías irreconciliables que siguen dividiendo a la opinión pública tanto de Polonia como de España.

En el caso polaco, fueran las que fueran las razones e informaciones que llevaron a la decisión de enterrar a Lech Kazinsky en el Wavel de Cracovia (santuario de los reyes y héroes de Polonia), parece que no fue una disposición oportuna, pues se tomó con demasiada premura, y estaba implicado un hermano del presidente, que entonces era Primer Ministro del país. El hecho de que, por respeto al duelo, no se rechazara de modo expreso en el Parlamento y en la calle el enterramiento de Kazinsky como héroe nacional caído en acto de servicio a su patria, no quiere decir que la medida gustara a todos los polacos, como se vio después. Unas simples declaraciones del director de cine Andrej Wajda (que es hijo de una víctima de Katyn), mostrando su desacuerdo al respecto, abrieron la caja de los truenos, con el apasionamiento propio de un momento electoral en el que los políticos utilizaban las emociones más íntimas al servicio de sus intereses particulares. Y este uso emocional, patriótico, de las ideas religiosas continuó después de las elecciones que dieron el triunfo a Plataforma Cívica, frente a la oposición de Jaroslaw Kaczynski, que se presentó esta vez como candidato a la presidencia.

Jaroslaw Kaczynski, que no estaba de acuerdo con el resultado de unas elecciones que le llevaban a la oposición, esgrimía contra el nuevo presidente electo argumentos religiosos que, además de confundir las cosas de Dios con las del Cesar, incluían un mal uso, políticamente partidista, del símbolo de la Cruz, como es evidente en el caso de la retirada de la cruz del palacio presidencial. La polémica cruz de madera que ha dividido a la sociedad católica polaca había sido erigida en abril de 2010 frente al Palacio Presidencial de Varsovia, en memoria del anterior presidente polaco, Lech Kaczynski, y de los otros 95 que perecieron en el accidente aéreo de Smolensk.

La cruz se había convertido en una especie de lugar de peregrinación para cientos de miles de ciudadanos que depositaban flores y velas en memoria de los muertos. Pero también en un símbolo de la nueva tragedia nacional de ese país que es Cristo de las naciones Europeas para unos, país de vanos sacrificios y de ilusiones quijotescas imposibles para otros. El entonces presidente de Polonia, el liberal Bronislaw Komorowski, había acordado con la Iglesia Católica y representantes de los boy scouts polacos que colocaron la cruz, su traslado hasta el templo de Santa Ana, en el centro de Varsovia. Sin embargo, cuando miembros de la organización boy scouts accedieron al palacio presidencial para proceder al traslado en procesión de la Cruz, se encontraron con la oposición de miles de personas que les impidieron moverla del Palacio Presidencial. Jaroslaw Kaczynski, hermano gemelo de Lech, y perdedor en las dos elecciones por poca diferencia, bien por intereses partidistas o bien emocionales, pero en ambos casos de modo muy subjetivo, había dicho que la idea de retirar la cruz por parte del nuevo presidente no era sino una prueba más de sus “verdaderas intenciones de acabar con la tradición y la historia polaca.

Otros grupos, tanto de cristianos como de no cristianos, se manifestaban contra los “vigilantes” de la Cruz, porque “un país laico como Polonia no puede permitir una situación así” (EFE). A estos manifestantes pacíficos que apoyaban la retirada de la cruz se sumaron grupos de jóvenes, generalmente ebrios, “que ponen fin a sus noches de juerga insultando a los defensores de la cruz” (EFE). Muchos más aprovecharon la concentración para expresar su rechazo al papel de los políticos, a los que acusaron de hacer un uso partidista del símbolo y pidieron que centren sus esfuerzos en asuntos más importantes como “sacar el país adelante” (EFE). Sin duda alguna, esto últimos descontentos han sido quienes inclinaron finalmente la balanza que dio el triunfo por segunda vez a Plataforma Cívica, con escaso margen con el partido de Kaczynski.

No es fácil, en el actual contexto que vive Polonia, evitar la tentación de manipular la historia cristiana del país al servicio de intereses partidistas que dividen a los polacos socialmente. Pero usar la cruz como ariete político es darle un sentido opuesto a lo que verdaderamente simboliza: el perdón, lo que une a todos en la entrega y el olvido de sí mismo y de la propia ideología. Y algo muy parecido ocurre en España al revés, pues la memoria histórica no se hace aquí contra los supuestos crímenes e injusticias del comunismo sino contra los del nacional-catolicismo del régimen de Franco. Por eso, una comparación entre estos dos países situados en los extremos de Europa, puede ser muy ilustrativa de lo que está ocurriendo en este continente forjado en una tradición cultural de fuertes raíces cristianas, hoy más o menos en entredicho.

Las raíces cristianas de la Europa laica

Dicho esto sobre las diferencias en los usos y abusos del símbolo de la Cruz en distintos países de Europa, y de la dificultad por tanto de establecer una medida general al respecto para todos ellos, conviene recordar que, así como el cristianismo tiene en Europa profunda raigambre, para lo bueno y lo –en menor medida- malo, también el laicismo ha dejado ya sobrados frutos de intolerancia que manifiestan a las claras su falta de neutralidad ideológica. De hecho, fue el caldo de cultivo que justificó los totalitarismos del siglo XX, como estudió De Lubac en The Drama of Atheist Humanism (Ignatius Pres, San Francisco, 1995). Henry De Luback definía el laicismo humanista y ateo como una herencia de los principios del positivismo de Conte (la ciencia como única guía fiable de la humanidad), Feuerbach y su subjetivismo (Dios es la proyección mítica de las aspiraciones humanas), el materialismo de Marx y Freud (el mundo espiritual es pura ilusión) o Nieztsche y su obstinación radical (la voluntad de poder es el mayor exponente de la grandeza humana).

Polonia es el país que ha sufrido de modo más crudo las consecuencias prácticas de todas estas ideologías del humanismo ateo, sin duda alguna. El país que fue la salvación de Europa en los difusos límites del Este, desaparecía como estado en 1795, para ser repartida entre los grandes poderes de la región –Rusia, Prusia y Austria- con el consentimiento de las demás potencias europeas. Sin embargo, a pesar de los esfuerzos de prusianos y rusos por erradicar la misma idea de su existencia, la nación polaca se fortaleció por dentro, y sobrevivió para forjar un estado propio que soportó después heroicamente las hordas del nazismo y del comunismo, y pudo así encabezar la revolución pacífica de 1989. “Pues bien, ¿cómo sucedió todo eso? Se pregunta G. Weigel en The cube and the catedral. Europe, America and Politics without God (Basics Books, New York, 2005, P. 42-43), Polonia prevaleció “por su cultura, una cultura formada por una lengua característica: el eslavo que, al estar escrito en alfabeto latino, estaba abierto al Oeste europeo tanto como al Este; por una literatura exclusiva que ayudó a mantener viva la memoria y la idea de Polonia; y por la intensidad de su fe católica que, en su expresión más noble y más profunda, era ecuménica y tolerante, no xenófoba, como se la presenta en tantos estereotipos”.

Muchos de estos estereotipos vienen de la Rusia actual, a la que no le interesa que Polonia sea un país fuerte y atractivo como modelo para sus satélites, Bielorrusia, Moldavia y Ucrania fundamentalmente. Pero también Polonia sufre los prejuicios de la Europa laicista actual. Y sin embargo, pocos países tienen tantos derechos y posibilidades como Polonia para ocupar en la Unión Europea un papel protagonista de cara al futuro. La Polonia emergente no está sufriendo la crisis con la gravedad de los viejos países de la Unión y tampoco sufre la crisis de identidad nacional que padecen países como España. Está llamada a desempeñar un papel fundamental en Europa, siempre y cuando no se deje dominar por la tentación del frentismo político, y conserve ese espíritu católico, abierto y tolerante que supo encarnar en su vida Juan Pablo II.

Por el contrario, la cristofobia actual –término acuñado por el propio Joseph Weiler-, característica de la sociedad europea, que ha tenido especial incidencia en la España del Gobierno Zapatero, obedece a una ideologización de la política y de la vida social que comienza por la reducción del cristianismo a las catacumbas (el secularismo radical obliga a limitar la religión al espacio privado, esto es a su inoperancia social), y culmina en la actual crisis de moral de civilización. Una crisis que se manifiesta no sólo en datos económicos sino de todo tipo (las estadísticas de la natalidad hablan por sí mismas), y que es sin duda alguna el factor más preocupante para el futuro de la Europa que hoy conocemos.


[1]  “El telón. Ensayo en siete partes”, Tusquets, Barcelona, 2005, pp. 47-48.

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