el difícil arte urbano: a propósito de Aquerreta


Los monumentos conmemorativos suelen ser o grandilocuentes o anodinos. Estos dos extremos acompañan en nuestro tiempo a un arte, el público y urbano, que tiene mucho que ver con la publicidad, por un lado, o con la decoración y el contrapunto urbanístico, por el otro. Quisiera comentar un caso en el que no se dan ninguno de los dos extremos: la escultura «Romper la vida. Muerte y desamparo» conocida también como el Monumento a las Víctimas del Terrorismo de Juan José Aquerreta, situada en la Plaza del Baluarte de Pamplona (la fotografía es mía).


Aunque se proteja sobre una peana, la escultura no es grandilocuente; en su colocación junto a la acera, casi fuera de la plaza, pasa desapercibida al paseante ligero. Pero tampoco es anodina: incluso los observadores que no saben distinguir el tema representado intuyen que lo que expresa es muy dramático, terrible. Como ocurre también con El Guernica de Picasso, es un arte abierto a muchas interpretaciones, pero que no deja a nadie indiferente; y, de este modo, cortés pero valiente, envían su mensaje a quien no le gustaría oírlo. De hecho, el monumento de Aquerreta ha recibido duras críticas de los que no condenan la violencia de ETA, y el propio artista tuvo que soportar algún que otro insulto después de su inauguración.

Esto ocurrió el 22 de abril de 2007, pero la idea venía fraguándose años atrás, cuando Juan José Aquerreta vio en un periódico la foto de una víctima de ETA asesinada junto a su hijo. Decidió entonces presentarse al concurso de ideas que había convocado la Fundación Tomás Caballero (llamada así en honor de un concejal de Pamplona asesinado por ETA en mayo de 1998). Un jurado muy bien seleccionado (el director del museo del Prado y del museo Oteiza, entre otros) otorgó sus votos, sin saberlo, al artista navarro de más prestigio, Premio Nacional de las Artes Plásticas en 2001 y premio Príncipe de Viana 2003; y permitió que el arte se aunara con lo conmemorativo, en detrimento tanto de lo propagandístico como de lo decorativo.

El premio consistió en 6.000 euros, si bien llevarlo a la práctica costó 180.000 euros, que fueron sufragados a partes iguales, 60.000 euros por institución, por el Gobierno – UPN y CDN presentaron en el Parlamento una enmienda a los Presupuestos Generales, que contó con el apoyo de todos los grupos-, el Ayuntamiento y la Fundación Tomás Caballero.

Son datos importantes, pues forman parte de la intrahistoria de los monumentos conmemorativos, y hacen que éstos duren más o menos en el tiempo, junto con la memoria que se busca perpetuar. En este caso, no cabe duda de que lo que está en juego es el recuerdo de las víctimas de ETA, lo que da a la obra una palpitante actualidad, tras el último anuncio de cese de violencia armada, pero no de hostilidades (pues nadie todavía ha pedido perdón).

El estilo directo, agresivo e instantáneo (escoge el mismo momento del disparo, aunque el asesino quede excluido en el conjunto), contrastaba enormemente con la estética habitual de la escultura de Aquerreta, que tiende a ser estática, intemporal. En este caso, la masa deforme del personaje muerto (puede ser tanto un hombre como una mujer) se desparrama fuera de su peana sobre los ojos del viandante.

El niño, testigo del asesinato de su padre, inicia el gesto de un abrazo, en representación del “desamparo de los que se quedan y la imposible inteligencia de este acto”, según explicó en el día de la inauguración el propio artista. Tomás Caballero Martínez, presidente de la Fundación que lleva el nombre de su padre, añadió lo siguiente: “somos el niño de la escultura en la medida en que recogemos el legado de dignidad y democracia de la figura que cae”.

Pero también son víctimas de la violencia los propios asesinos, como narra Juan José Aquerreta en el Documental Últimamente (Conversaciones con Artistas Navarros, 2009) al comparar el monumento con el Díptico del Martirio de San Esteban que estaba entonces pintando para la iglesia de Gorraiz:

“hice el monumento porque me siento muy identificado con las víctimas, pues de alguna manera uno es víctima de su propia historia (…) El tema del díptico es la sociedad contra la persona libre, exactamente el mismo que el del monumento a las víctimas del terrorismo. El hombre que dice “he visto el cielo abierto” está diciendo que su libertad está en relación con Dios; es decir, que su totalidad está en función de la libertad individual, y es toda la sociedad de los sabios la que lo va a asesinar. Por eso comparte la realidad del hombre que lucha por la libertad, desde el plano de la religión en este caso, y en el otro, en el plano de la política. Estoy procurando que los sacerdotes tengan un rostro humano, que sean personas serenas, incluso hermosas, porque cualquiera actuamos a veces así, poniendo por delante la ideología al amor por la gente, y al respeto de la libertad de las personas.”



BIBLIOGRAFÍA RECIENTE:

AA.VV. “Conversaciones con artistas Navarros: Juan José Aquerreta, Últimamente. Gobierno de Navarra, 2007.

Juan José Aquerreta, Últimamente, DVD publicado por el Gobierno de Navarra, 2009.

J. L. “Entrevista a Juan José Aquerreta”, Arte y Parte, n. 80, abril-mayo 2009, pp. 44-51.

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