España en la Encrucijada II: la portada del Cordero Místico.

En la entrada sobre el premio WPP 2012 hablé de la imagen de España como encrucijada que justifica no sólo ese premio de la Pietá islámica a un fotógrafo español en plena explosión de las Primaveras árabes, sino también que se eligiera a España como sede de la alianza de las Civilizaciones, más o menos frustrada por culpa del terrorismo islamista.

Me gustaría analizar ahora cómo este tema no sólo es un fenómeno complejo sino también muy antiguo, pues se remonta por lo menos a la época del Cid Campeador, cuando España era ese laboratorio de experimentación multi-religiosa que ahora se mitifica tanto (series de TV populares como Aguila Roja o Toledo parten de este esquema).

Como siempre, el método iconológico puede descifrar misterios del pasado de las obras de arte que nos ayudan a entender también nuestro presente histórico. Se trata de la portada del Cordero místico de la iglesia de San Isidoro de León, la patria chica del ex presidente Zapatero, impulsor de la Alianza de las Civilizaciones. Algo que ya intentó Alfonso VI de Castilla y León, el famoso rey del Cid campeador, que gobernaba en Castilla-León cuando se esculpió la portada de S. Isidoro.


El tema del Cordero místico se asocia directamente con el Sacrificio de Isaac, que aparece en el centro de la composición. Abrahán es padre de todas las religiones monoteístas. La fiesta del Sacrificio es la gran fiesta musulmana, y el monte Moria donde este sacrificio tuvo lugar es actualmente la explanada de las Mezquitas, esto es, la superficie donde estaba el Templo de Salomón en Jerusalén, del que sólo queda el muro de las lamentaciones. Seguramente son los metros cuadrados más conflictivos del planeta.

En la Portada vemos un eje de simetría en la figura de Abrahán con el cuchillo en la garganta de su hijo, y a la derecha se repiten los mismos personajes: primero, la figura de Isaac descalzándose en el lugar del sacrificio, junto con su padre montado sobre un borrico, como anunciando lo que ocurrirá siglos después tras el Domingo de Ramos.

Isaac en la escena intermedia (las figuras se repiten como las viñetas de un comic) se suelta las sandalias y se apresura al sacrificio voluntariamente, como lo haría después Cristo en el Calvario. Le mira en la distancia su madre Sarah, que es  prefiguración de la Virgen María, también considerada así -la virgen madre del profeta Jesús- por los musulmanes.

Como indica el cordero con la cruz en un medallón llevado por ángeles, Cristo fue la sustitución del Cordero Pascual judío sacrificado en lugar de los primogénitos hebreos la noche de Pascua previa al Éxodo (esa Pascua que los cristianos seguimos celebrando el Viernes Santo).

Cristo se muestra así como el verdadero cordero pascual; ese que, muriendo en la Cruz, salva a todos (no sólo a los primogénitos del pueblo elegido), como dice Juan el Bautista al presentar el Mesías a sus propios discípulos, invitándoles a seguirle: “ahí está el Cordero que quita los pecados del mundo”.

Así lo muestra el retablo La adoración del Cordero Místico de Gante, realizado por Van Eyck; o, de modo más claro, el también famoso retablo de Isenheim de Grünewald, que se encuentra actualmente en el Museo de Colmar (Alsacia francesa) y que es comentado, como el de Gante, en la Historia del Arte de Gombrich.

En San Isidoro de león, dos ángeles sujetan la mandorla con el cordero mientras otros dos ángeles portan símbolos de la Pasión, para significar que la muerte de Cristo (cordero de Dios que quita los pecados del mundo) en la Cruz ganó la Vida eterna para todos los hombres, cumpliendo así la promesa hecha por Dios en el Génesis, después del pecado: el envío de un mesías salvador.

Esa promesa se recuerda históricamente en el Sacrificio de Abrahán (padre de todas las religiones monoteístas) y queda convertida en ritual en la cena pascual judía, en recuerdo del comienzo del Éxodo y la liberación de los primogénitos israelitas por la sangre de esa víctima propiciatoria. Recordemos que la plaga exterminadora pasó de largo por las puertas que tenían el dintel marcado con la sangre del cordero pascual (pascua alude al paso -de largo- del ángel exterminador), pero hirió de muerte a los primogénitos egipcios, incluido el hijo del Faraón.

Es la misma fiesta judía que Cristo celebra el Jueves Santo y se hace realidad a las tres de la tarde del viernes de Pascua, a la vez que los corderos eran sacrificados en el templo de Jerusalén.

El icono ruso de la Trinidad de Andrei Rubliev cuenta muy bien toda esta historia de la Redención en el tiempo, pero superando el tiempo; pero es tan compleja, que le dedicaré otra entrada. Sirva de momento decir que es una cabeza de cordero lo que aparece en el cáliz del altar en torno a las tres personas divinas en forma de ángel. Y, para el que quiera saber más, pongo este resumen de los padres dominicos

Volviendo a la portada del Cordero místico, la promesa hecha por Dios a Abrahán, cuando le visitó en forma de tres ángeles junto a la encina de Mambré, se haría realidad en el Calvario, cuando el Cordero de Dios es sacrificado (recordemos los ángeles portando símbolos de la Pasión, a ambos lados del Cordero Místico, representado tal como se describe en el libro del Apocalipsis).

Cualquier espectador del momento podía leer la moraleja: Dios que impidió la muerte de Isaac en el último instante (un ángel le entrega el Cordero que habría de ser sacrificado en su lugar) no quiso sin embargo evitar la muerte en la Cruz de su propio Hijo, en ese mismo lugar, dos mil años después.

INTERPRETACIONES HISTÓRICO-POLÍTICAS

La portada del Cordero Místico de San Isidoro de León, como suele ser habitual en el arte más complejo, además de la lectura teológica incluye una connotación política propia del momento en que fue realizada.

La portada se hizo en torno al año 1111, cuando la amenaza Almorávide hacía estremecer tanto a los reinos cristianos como a las taifas musulmanas.  Esto es, cuando parecía que un nuevo califato fanático, tipo ISIS podría de nuevo reconquistar la España musulmana de reyezuelos más o menos autocráticos, y también imponerse a los reinos cristianos.

Por eso el tema de Abrahán escogido en la portada viene muy a cuento, pues sirve tanto para cristianos como musulmanes.

En el lado opuesto al ya comentado, aparece el otro hijo de Abrahán, Ismael, montado sobre un caballo -el Génesis dice que era muy buen jinete. Simboliza, junto con su madre la esclava Agaar, que le acompaña en el extremo izquierdo, a los ismaelitas o árabes, después musulmanes.

Estas connotaciones políticas se expresan en un momento en el que todavía el rey castellano-leonés, Alfonso VI, defendía que todos los hispanos, cristianos y musulmanes, debían llevarse bien, para unir sus fuerzas contra el enemigo común que venía de África.

De hecho, el rey se había casado con una musulmana, la mora Zaida, que al ser bautizada tomó el nombre cristiano de Isabel, Helysabeth en las crónicas. Era nuera de Al-Mu’tamid de Sevilla, y por tanto viuda de Fath al-Mamun (hijo de Al-Mu’tamid) que era gobernador de Córdoba cuando la tomaron los almorávides el 27 de marzo de 1091. Con esta mujer Alfonso VI, tuvo a su hijo Sancho, heredero a la corona de Castilla-León hasta que fue alcanzado por una flecha en la batalla de Uclés, perdida contra los almorávides el 30 de mayo de 1108.

Los Almorávides -monjes guerreros provenientes de África– introdujeron de nuevo en España la Guerra Santa y acabaron con la convivencia pacífica que existía entonces (el Cid, saib o señor, luchaba tanto al servicio de los reyes cristianos como de los reinos de taifas, y finalmente defendió la Valencia musulmana contra los Almorávides).

Por supuesto, su éxito fulgurante se debió a que contaron con mucho apoyo por parte de los hispanomusulmanes, especialmente del clero, que apoyaba la vuelta al rigor islámico que estos defendían.

Ismael apunta su arco hacia el Cordero místico representado en un medallón que sujetan dos ángeles. Por esa contraposición entre el hijo legítimo y el ilegítimo, la portada defiende sin tapujos que, aunque los árabes eran descendientes del mismo padre Abrahám, todos los hijos de Ismael son enemigos de Cristo, y no pueden ser aliados de los reinos cristianos.

Podría tratarse además de una crítica implícita al propio Rey Alfonso VI: la portada recuerda a un rey que, como Abrahán, ha sacrificado a su propio hijo (muerto en Uclés), pero inútilmente, puesto que Dios no parece estar con él sino con los enemigos que lo han matado.

Incluso, rizando el rizo, podríamos concluir que, políticamente, la portada se inclina hacia los que defienden la Guerra Santa, tanto los Almorávides como los cruzados que, casi al mismo tiempo, imitaron su estrategia militar creando las órdenes de caballería, cerrando así toda posible convivencia entre musulmanes y cristianos en Occidente.

Aunque no sea muy cristiana, es una lectura muy adecuada para aquellos tiempos belicosos que daban fin a la proverbial convivencia española entre moros y cristianos. Ya se sabe que la política se mete siempre en las imágenes, y contagia también los aspectos más sagrados de la vida, que a su vez está tejida con hilos de oro y sangre.

Las cruzadas fueron defendidas entonces como un modo de supervivencia social que hoy no tiene ningún sentido, pero que permitió hacer frente a la superioridad militar del Islam y contener la belicosidad de grupos fanáticos como los Almorávides. Se consideraba autodefensa, según las reglas de la guerra justa, aunque no se cumplieran después estas reglas.

También en nuestros tiempos es bueno recordar que el mensaje cristiano fundamental consiste en defender que Dios está con las víctimas y no con los verdugos; y quizás esta cosmovisión ayudaría a solucionar en parte los problemas de Oriente medio, si se extendiera también allí.

Pero, desgraciadamente, son cada vez menos los cristianos que pueden defender estas ideas con su vida, tanto en Occidente como en Oriente. Muchos sí que lo hacen allí con su muerte, pero pocos lo saben aquí: son uno cada cinco minutos, en cuanto a estadísticas anuales, los cristianos asesinados, la mayoría de ellos en países islámicos, sin que Occidente haga gran cosa al respecto, ni siquiera informar de ello.

Con la diáspora de cristianos de Irak, Egipto y Palestina, se impone sin remedio en esas tierras la visión veterotestamentaria sobre un Dios que ayuda a sus fieles y destruye sin piedad al enemigo. El círculo de la violencia gira inevitablemente sin nadie que pueda romperlo, como refleja maravillosamente la película Antes de la lluvia, en relación con la Guerra de los Balcanes.

Sirvan estas pinceladas para resumir un tema complejo, pero de gran actualidad. Históricamente, la Alianza de las civilizaciones funciona cuando el cristianismo es mayoritario, no al revés. El Islam padece tensiones internas que tienden más hacia la intolerancia religiosa que hacia el respeto de la libertad de las conciencias.

Pero todavía es muy políticamente correcto, especialmente en España, decir que la culpa de todos los males de nuestra historia la tiene el cristianismo, o lo que la Leyenda Negra ha forjado de la Iglesia católica. Una leyenda negra que, desgraciadamente, nos hemos creído los propios españoles y llega hasta nuestros días. Pero esto sí que es un tema complejo, que merece un capítulo aparte, o varios, para la reflexión contextualizada. Mientras que esto va llegando, no es mal comienzo el libro de Vittorio Messori (2000), Leyendas negras de la Iglesia (Editorial Planeta. ISBN 978-84-08-01778-3).

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