Van Eyck y la fotografía

Los grandes maestros flamencos del último gótico no han tenido la misma fortuna en el imaginario popular que sus contemporáneos maestros italianos del Renacimiento, como Fray Angélico, Piero Della Francesca o Mantegna.

Van Eyck es quizás una excepción y no precisamente por sus más grandes obras, como por ejemplo el Cordero Místico de Gante, sino por las que él mismo consideraba menores, los retratos, que adelantaban en muchos aspectos las grandes cuestiones sobre la representación de la realidad que introdujo en la historia de la imagen la invención de la fotografía. El más famoso de todos es sin duda el retrato del matrimonio Arnolfini, que figura en la National Gallery de Londres, aunque fue propiedad española hasta la invasión napoleónica.

De hecho, Velázquez pudo ver el cuadro en las colecciones reales del Alcázar de Madrid, y se inspira en su metáfora del espejo para pintar las Meninas. Los reyes reflejados en el espejo del fondo, a los que supuestamente está retratando Velázquez cuando irrumpen en la estancia la Infanta Margarita y su corte, ocuparían el mismo espacio que el espectador del cuadro, lo que crea un interesante juego de miradas, muy barroco, entre el propio artista y su público.

Lo fotográfico alcanza en este cuadro, y en toda la obra de Velázquez, su máxima intensidad. No sólo representa un instante, sino que además juega con todos los recursos posibles de la fotogenia, los cruces de miradas al objetivo, y sobre todo, la plasmación técnica del aire, con esa maestría que tan bien supo ver Quevedo en su contemporáneo: “Ese pintor que con manchas sueltas consigue más verdad que parecido… más que cuadros, reflejos de un espejo”.

Aunque los temas y formas de Van Eyck siguen siendo medievales, su realismo llega a extremos cuasi fotográficos de detalle. Pero el matrimonio Arnolfini es fotográfico en lo que se refiere a la conciencia indicial, de presencia de una realidad que trasciende al propio artista y que éste testifica con su presencia al otro lado del objetivo, que es un elemento que acompaña a la fotografía como mecanismo de grabación desde su origen.

En el cuadro del matrimonio Arnofini en el reflejo del espejo aparecen dos personajes masculinos, que se identifican como el propio artista y un sacerdote. El Hic fuit que acompaña a la firma de Van Eyck hace de esta pintura un documento oficial, del mismo modo que las fotografías sirven de prueba en los juicios.

El cuadro documenta un contrato matrimonial, con los dos testigos necesarios reflejados en el espejo, uno de ellos el propio artista, que no sólo pintó la escena sino que la pintó con tanto realismo que consigue que los espectadores externos estemos asistiendo en presente a ese acontecimiento puntual de la boda, que debió tener lugar en la misma habitación matrimonial. Antes de Trento era válida una simple ceremonia íntima, puesto que Dios es el testigo fundamental, y quien bendice la unión de los contrayentes, que son ministros del sacramento matrimonial (y no el sacerdote, como erróneamente se piensa).

Pero a pesar de ser un cuadro obsesionado por la ambientación realista, fotográfica, propia de un documento notarial, todos los objetos que aparecen en esa habitación son simbólicos. Esto es, no pertenecen tanto a la realidad del entorno como a una disposición voluntaria del propio artista.

Por ejemplo, la presencia de la cama en la alcoba es importante, pues el matrimonio es sacramentalmente válido cuando se consuma la unión conyugal. En esa habitación hay además otros elementos que fueron puestos allí o simplemente pintados después para completar ese simbolismo esponsal cristiano.

Junto a los símbolos del pecado (la manzana) y la Redención (la vela encendida en la lámpara sin velas: Cristo, luz del mundo), aparece el perro de la fidelidad; y al lado del espejo (rodeado por las estaciones de un Via Crucis pintadas en el marco) pueden verse las cuentas de un rosario, que recuerda a la Virgen María. Junto a estos objetos, la decoración escultórica en madera de la cama recuerda a Santa Marta, patrona del hogar, que protege la alcoba del diablo y sus obras representadas mediante dos gorgonas amenazantes.

Se me dirá que este asunto le resta valided fotográfica al cuadro del matrimonio Arnolfini, pero no es así. Toda fotografía es subjetiva, y encierra más carga simbólica que real.

Para ejemplificar esta afirmación rotunda, recurriré a unas fotos de mi viaje a Tierra Santa, más conceptuales que de calidad estética: es la iglesia de Belén la que aparece reflejada en una bola de Navidad (en realidad es el reflejo de una lámpara votiva ortodoxa, como puede verse por la fotografía general).

Me gusta  esta idea de la realidad histórica reflejándose en el mito del arbolito,  que es lo contrario de lo que ocurre normalmente; que los mitos -Santa Klaus, Papa Noel, el Olentzero o los propios arbolitos de Navidad- suelen partir de algo histórico, pero han perdido ese fundamento en el mismo trasiego del tiempo.

Pienso que ese reflejo fotográfico, pero cargado de simbolismo, sería muy del gusto de Van Eyck. Incluso la forma circular recuerda a su famoso espejo del retrato del matrimonio Arnolfini. Claro, como en este famoso cuadro, mi fotografía exige confianza en que no estoy mintiendo, en que yo estuve allí para tomar esa imagen, y su reflejo.

No podía imaginar Van Eyck lo que estaba provocando al poner junto a su firma esa famosa dedicatoria Hic fuit, tan fotográfica; con todas las contradicciones que esto encierra.

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