Tardío homenaje femenino a las dos fechas conmemorativas del 2012

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La prórroga hasta finales de enero de la exposición en el Archivo General sobre documentos relacionados con la anexión de Navarra a Castilla en 1512 me ha animado a escribir sobre este acontecimiento y el de las Navas de Tolosa (1212), en relación con una preciosa carta de 1213 conservada en los archivos nacionales de Francia.

Desde la corte de París, la reina consorte por aquel entonces, Blanca de Castilla, cuenta la batalla de las Navas a su pariente homónima Blanca de Navarra, hija del rey Sancho VI el sabio, y esposa del conde de Champaña, Teobaldo III.  La carta recoge a su vez testimonios de otra mujer, Berenguela de Castilla, que describía minuciosamente la batalla a su hermana desde Palencia.

Esta carta original se ha perdido pero debía estar escrita, como las otras cartas conservadas, en latín, que era todavía el idioma común de las cortes europeas. El estilo familiar excluye las fórmulas oficiales y permite muestras de cariño que superan todo tipo de fronteras y rigores políticos. Son además relatos que rezuman universalidad, en este contexto nuestro tan localista, que tiende a ver en la historia común sólo los hechos que nos separan y no así lo que nos une en la rica historia de Occidente.

Por último, estas cartas son testimonio de grandes mujeres, excepcionales gobernantes, y madres de reyes santos (Fernando III es hijo de Berenguela, y Luis IX de Francia, lo es de Blanca de Castilla), en una simbiosis que abunda llamativamente en ese gran siglo de las catedrales y de las universidades. Berenguela impulsó la construcción de las catedrales de León, Burgos y Toledo, además de fundar la Universidad de Salamanca. Su hermana Blanca finalizó la construcción de Notre Dame de París, entre otras muchas obras insignes del gótico radiante.

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En la carta que las dos Blancas, de Castilla y de Navarra, se escriben en Francia, la narración es viva y a la vez precisa:

“(los cristianos) comenzaron a avanzar por el puerto el jueves antes de la fiesta de los santos Justino y Rufino (10 de julio de 1212) y, llegados a la cima del monte, encontraron a una multitud de moros. Al día siguiente, sábado, dieron con unos guías que conocían bien el lugar, los cuales condujeron al ejército por la otra vertiente hacia un paso menos difícil, y allí se encontraron cara a cara con el ejército de Miramamolín”.

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El cruce del paso de Despeñaperros dando un rodeo había de excitar en lo sucesivo la imaginación popular; una leyenda convirtió en cicerone a san Isidro Labrador, muerto unos cincuenta años antes. La otra gran leyenda forjada entonces está asociada con el rey de Navarra, Sancho VII el Fuerte, que adquirió gran fama por romper las cadenas de esclavos en torno a la tienda del rey Almohade.

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A pesar de que Blanca de Navarra era hermana de Sancho, la carta no se detiene en estas anécdotas sino que relata las emociones de un combate que decidió para siempre el destino de España, como puntualizaba Berenguela: “honor insigne, pues es cosa inaudita que un rey almohade haya sido vencido en un enfrentamiento a campo abierto; sabed que un allegado de la casa de nuestro padre me lo había anunciado, pero yo no quise creerle hasta que vi las cartas de puño y letra de nuestro padre (…) Haced saber esto al rey de Francia”.

Las alegrías compartidas por estas mujeres cristianas estaban muy justificadas. No es preciso recordar que los almohades habían sido el terror de los propios musulmanes españoles, y que, por citar un ejemplo conocido, a ellos se debe la destrucción de Medina Azahara, que superaba en belleza y arte a la Alhambra de Granada. Era por tanto el triunfo de la civilización contra el fanatismo.

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Lástima que el monumento que se erigió en el siglo XX en el lugar donde ocurrió la batalla recuerde demasiado al triunfalismo hueco propio de los artes totalitarios, y no invite a recordar como se debe ese contexto menos triunfalista que defensivo, como estudia la famosa historiadora francesa Régine Pernoud en su libro clásico sobre Blanca de Castilla, en referencia a otro ilustre navarro protagonista del momento, que se hizo enterrar humildemente -qué contraste con el monumento de 1981- en el monasterio de Huerta:

“En el año 1211, el arzobispo de Toledo –Rodrigo Ximénez de Rada, una personalidad excepcional, gran constructor (a él se debe la construcción de la actual catedral de Toledo) y gran clérigo también (había dado un vivo impulso a la Universidad de su ciudad alentando la traducción de los filósofos árabes)- recorrió Occidente para despertar la atención sobre el peligro que amenazaba a los cristianos de España. Por eso, también, en el ejército que acababa de obtener la victoria de Las Navas de Tolosa, se encontraban cruzados de todo origen, entre los que Berenguela cita el nombre de un trovador de Francia, Teobaldo de Blazón, cuyo valor subraya”.

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¿Y qué tiene todo esto que ver con la fecha de 1512?

Como es conocido, Sancho VII el Fuerte no sólo fue el rey de la Navas sino también el que perdió las provincias vascas de Álava y Guipúzcoa, que hasta 1200 integraban el reino de Navarra. El rey de Castilla que anexionó este territorio es el mismo Alfonso VIII, padre de Berenguela y Blanca de Castilla, que aparece mencionado en las cartas. No parece que estas disputas fronterizas internas consiguieran enemistar a unas mujeres de miras universales, de las que dependieron los destinos de Europa. Pero tras la Batalla de las Navas de Tolosa, Sancho el Fuerte, que estaba casado pero no tenía hijos legítimos, se retiró a un convento y Blanca de Navarra gobernó como regente el Reino pirenaico.

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Tras la muerte de su otra hermana, Berenguela también pero esta vez de Navarra (una interesante teoría le atribuye el origen del frontal de San Miguel de Aralar), que tampoco tuvo descendencia de Ricardo Corazón de León (que podría haber continuado la dinastía Ximena –¡qué pequeña es Europa!), las Cortes del Reino, lideradas por el partido de los francos en confrontación con la Navarrería, presionaron al anciano Sancho VII para nombrar heredero suyo al hijo de Blanca, Teobaldo I el “trovador”.

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Quedaba así invalidado el testamento en el que Sancho el Fuerte dejaba el reino para Jaime I de Aragón y Cataluña. Es curioso que el símbolo del águila negra-arrano beltza, un escudo del rey navarro más hispanista, sirva hoy para justificar la defensa de una Navarra injustamente expropiada en 1512 a su legítima dinastía francesa; una tendencia dinástica que, precisamente, tuvo origen en una de las Blancas protagonistas de este relato a caballo entre las dos grandes fechas conmemorativas.

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Está claro que siempre puede encontrarse en la historia común europea un hecho que “legitime” proyectos de separación; pero también podría ser lo contrario. Que cada uno saque lo que mejor le convenga de estas líneas de sentido homenaje al protagonismo de la mujer en la historia medieval.

Publicado en el Diario de Navarra, el 23 de enero de 2013.

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