Los gigantes del Camino

La presencia del gigante en las artes occidentales se remonta casi a los orígenes de Occidente desde Gilgamés hasta los Atlantes y cíclopes griegos, y también con la prehistoria, cuando todavía existían gigantes que convivían con hombres, como cuenta el Génesis.  No hay que olvidar que los huesos de dinosaurio eran confundidos con los de gigante hasta no hace mucho tiempo, pero tampoco hay que dudar de la existencia de unos personajes tan abundantes en la literatura de todos los pueblos. Un resumen interesante puede verse en Topdocumentayfilms

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No necesariamente son personajes negativos, en Prometeo, por ejemplo, si dan ambas cosas a la vez, como analicé en la entrada sobre la Atlántida y Rockefeller. El coloso de Goya introduce el cambio de la imagen infantil propia de los cuentos- que remiten en última instancia a la tradición de S. Cristobal, gigantón bueno que lleva a hombros al niño Jesús: eso significa Cristobal, el que lleva a Cristo- a otra imagen más claramente negativa. El Saturno devorando a sus hijos de Goya no deja ya dudas de la virulencia del tema. Jean Clair defiende que el gigante toma protagonismo en la mitología actual porque al matar a los dioses, los titanes toman de nuevo el poder, como anunciaba Hobbes con su Leviatán. Hobbes prevenía contra poderes infernales que pueden destruir el mundo de los hombres, pero el Leviatán de Hobes justifica el totalitarismo, tan bien representado por los colosos soviéticos y Nazis. 

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Con la caída del comunismo, y la pervivencia arqueológica de muy poco atractivos reductos de este tipo (Corea del Norte, por ejemplo), la mitología del gigante ha caído en desuso. Sólo la película Jack el caza gigantes, de Bryan Singer, narra en clave de cuento infantil para adultos, una historia de gigantes que recuerda mucho a las viajes leyendas medievales, relacionadas todas ellas con los grandes mitos antiguos.

La tesis de la película sobre un reino flotante de gigantes, algo así como la Atlántida celestial, resulta muy forzada, pero hay pruebas históricas más que suficientes para mantener todavía hoy la fe de los niños, y no tan niños, en un personaje misterioso que ha inspirado algunas de las mejores campañas publicitarias para prevenir sobre el dominio creciente de los medios, y los poderes económicos intangibles que están detrás de su enorme influjo en nuestra sociedad, y aprovechar de paso a vender también, pero esta vez con aire reivindicativo. Todas las contradicciones que encierra el viejo mito del gigante estarían resumidas aquí, por lo que no puede estar más vivo el personaje.

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El otro día, corriendo por el camino de Santiago cerca de mi pueblo, me di de bruces con el Poyo de Roldán, donde según tradición jacobea, peleó este famoso caballero del ejército carolingio con el gigante Ferragut, que dominaba la zona como alcaide del Alcázar de Nájera. Roldán y sus caballeros, cuenta la leyenda, iban como peregrinos a Santiago cuando fueron desafiados a luchar por este gigante sirio, de “siete codos de altura, un palmo de nariz y la fuerza de cuatro hombres”. El combate cuerpo a cuerpo duró dos días, hasta que finalmente Roldán encontró un punto débil en el que clavar su daga: el ombligo. Así fue cómo los árabes abandonaron Nájera, y Roldán se ganó el mérito de ser considerado uno de los mejores caballeros de la cristiandad.

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Como es sabido, los méritos de Roldán fueron ampliados por los cantares de gesta (la famosa Canción de Roldán sólo fue el primero de una larga serie) después de su trágica muerte en Roncesvalles. Allí todavía puede verse la tumba de un gigante, aunque este sea de verdad: el rey Sancho VII el Fuerte de Navarra. Medía 2,25 metros de altura, según las crónicas, y pesaba proporcionalmente, por lo que no es demasiado inverosímil que rompiera las cadenas de los esclavos de Miramamolín durante la batalla de las Navas de Tolosa, de 1212, sobre lo que ya hice una entrada.

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De estas fechas aproximadamente son varios capiteles que decoran algunos monumentos tardorrománicos del camino de Santiago, como el palacio de los Reyes de Navarra en Estella, o el hospital de Navarrete, con un motivo de caballeros luchando que siempre ha sido interpretado como Roldán y Ferragut.

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No son gigantes pero podrían serlo, pues la fuerza y el tamaño estaban muy unidos en estos tiempos de gestas que daban paso a la edad de las Catedrales y las Universidades. Después se impondrán otros valores, y también las ciencias empíricas herederas de Aristóteles demostrarán que no hubo nunca gigantes, que eso sólo forma parte de los mitos antiguos.

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Pero el Camino sigue invitando a creer en los gigantes, pues uno mismo sabe que Roldán le guía desde muy adentro, y que los obstáculos, por muy enormes que parezcan, son siempre superables. Es cuestión de dar con el ombligo de Ferragut.

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Los otros gigantes, los de los poderes fácticos, también tienes su talón de Aquiles. Pero hablar de todo esto da para una nueva entrada. De momento, me despido con mi personal gigante, encontraco cerca del Poyo de Roldán, pero luego acogedor, como todo lo que ocurre en el Camino. Lo que parecía un rostro mal encarado, se mostró finalmente como una casa de refugio para los peregrinos del Camino. No es la transformación de los gigantes de Don Quijote, pero todo puede ocurrir cuando uno se pierde a pleno sol por esos caminos de La Rioja.

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