Pensar sobre Europa y España releyendo a Garcilaso

Cuando me paro a contemplar mi ‘stado
y a ver los pasos por dó me han traído,
hallo, según por do anduve perdido,
que a mayor mal pudiera haber llegado;

mas cuando del camino ‘stó olvidado,
a tanto mal no sé por dó he venido
sé que me acabo, y más he yo sentido
ver acabar conmigo mi cuidado.

Yo acabaré, que me entregué sin arte
a quien sabrá perderme y acabarme
si quisiere, y aún sabrá querello;

que, pues mi voluntad puede matarme
la suya, que no es tanto de mi parte,
pudiendo, ¿qué hará sino hacello?

Este poema de amor ciego a la dama causa de todos sus males, no sé porqué me ha recordado a España en Europa. Garcilaso es uno de nuestros mejores poetas del renacimiento, de esos poetas-soldado que tanto proliferaron en el siglo de Oro de la literatura española. Escribió en castellano, aunque lo hiciera casi siempre fuera de España, sobre todo en Nápoles, donde tuvo su periodo más prolífico.

Él fue quien mejor supo adaptar ese castellano, que apenas ha cambiado desde entonces, a los modos de la poesía italiana que, como en el resto de las artes, marcaba las pautas del momento; y lo hizo usando nuevos sistemas métricos, como el famoso soneto. En este género Garcilaso igualó a los mejores poetas italianos del Renacimiento.

Dafne12g

Hay también en muchos de sus poemas más personales influencias del valenciano Ausias March, que escribió en catalán algunos de los mejores poemas de la Edad Media española. No creo exagerar, es fácil comprobarlo en comparación con lo que escribían entonces los mejores poetas de Castilla, Juan de Mena o el marqués de Santillana. A diferencia de la retórica academicista que se estilaba aún en Castilla, los de este poeta de lengua catalana son poemas de una enorme modernidad, tan personales y directos que parecen contemporáneos. En este enlace pueden hasta escucharse con música de Raimon, aconsejo el n. 29.

San Sebastián con el rostro de Auxias March

Garcilaso debió conocer la obra de Ausias March gracias a su colega barcelonés Juan Boscán, que escribía igual de bien en castellano y catalán. Se conocieron en la corte, y fueron íntimos amigos hasta que la prematura muerte de Garcilaso les separó. Boscán no se hacía a la idea de la separación definitiva, y lo expresa en una de las más delicadas odas que se han escrito sobre la amistad y sus íntimas aspiraciones a perdurar más allá de la muerte, sin necesidad de recurrir a los consuelos cristianos.

Soneto CXXIX de Juan Boscán
A la muerte de Garcilaso

Garcilaso, que al bien siempre aspiraste
y siempre con tal fuerza le seguiste,
que a pocos pasos que tras él corriste,
en todo enteramente le alcanzaste,

dime: ¿por qué tras ti no me llevaste
cuando de esta mortal tierra partiste?,
¿por qué, al subir a lo alto que subiste,
acá en esta bajeza me dejaste?

Bien pienso yo que, si poder tuvieras
de mudar algo lo que está ordenado,
en tal caso de mí no te olvidaras:

que o quisieras honrarme con tu lado
o a lo menos de mí te despidieras;
o, si esto no, después por mí tornaras.

 Juan_Boscán

Garcilaso murió con treinta y cinco años en Niza, durante la desastrosa segunda campaña del Emperador contra Francisco I. También Boscán murió en Francia, en Perpignan, aunque entonces esta ciudad era española, capital del viejo condado del Rosellón y parte de la corona de Aragón (todavía se conserva allí el precioso palacio de los reyes de Mallorca). Hoy es bueno recordar esa permeabilidad de fronteras y de lenguas y culturas, mediterráneas, atlánticas e interiores, que estaban labrando la grandeza de España en Europa. Qué hubiera sido de Garcilaso sin Boscán, y de ambos sin Ausias March, y Petrarca, otro mediterráneo?

Blaeu. Con cataluña

Las primera edición de estos poemas salió a la calle en 1543 en el taller de Carles Amorós, en Barcelona, con el título Las obras de Boscán con algunas de Garcilaso de la Vega. Fue la viuda de Boscán, a la que tanto alaba éste en su  epístola a Hurtado de Mendoza, quien se encargó de la edición, que comienza con el soneto de Garcilaso que abría esta entrada de blog.

No era necesario otro prólogo. Ya antes Boscán había expuesto sus propósitos literarios, y los de Garcilaso, en la famosa carta que dirigió a la duquesa de Soma y constituye lo que hoy llamaríamos un verdadero «manifiesto literario». En ella explica una entrevista que tuvo en Granada en 1526, con el embajador de Venecia en España y gran humanista, Andrea Navagiero, sobre las posibilidades de implantar los metros italianos en las lenguas de España; pero sobre todo, Boscán nos dice que escribe por exigencia personal, para sincerarse consigo mismo, y augura a esta nueva moda de escribir por necesidad interior un enorme éxito, pues ya los mejores ingenios de Castilla la habían adoptado.

Así era entonces, con Garcilaso y Hurtado de Mendoza a la cabeza, y alcanzaría las más altas cotas en la pluma de místicos como San Juan de la Cruz o Fray Luis de León.

obras, portada

Pocos saben que Garcilaso, además de estar en los famosos asaltos a la Goleta, Argel, Florencia, pasó por Pamplona, acompañando al Emperador en 1523; y que, el 11 de noviembre, fue armado caballero de Santiago en la iglesia de de San Agustín, en la Navarrería, como recuerda una placa colocada junto a la puerta de esa iglesia hace un par de años.

Placa_A_Garcilaso

Ofició la ceremonia quien luego sería su Virrey en Nápoles, don Pedro de Toledo, marqués de Villafranca. A este prohombre dedicó Garcilaso su primera Egloga, escrita ya en Italia cuando fue rescatado por este amigo suyo del exilio en una isla del Danubio, “una isla que pudiera/ ser lugar escogido /para que descansara/ quien como estó yo agora, no estuviera.”

Egloga al Vierre de Nápoles

Había sido confinado allí en 1534, por asistír, y oficiar de testigo, en una boda de un familiar suyo que había sido comunero. Carlos V se lo había prohibido expresamente, y quiso darle así un castigo ejemplar.

En aquél presidio de oro escribe un largo poema que define muy bien Europa, o al menos la Europa vista desde España; y lo hace de modo muy personal, experiencial. Un estilo que, salvando las distancias, recuerda a lo que hará después Claudio Magris, otro mediterráneo de frontera (Trieste es la Italia más austriaca), en esa mezcla de poesía en prosa y libro de viajes que es El Danubio.

Danubio, rio divino,
que por fieras naciones
vas con tus claras ondas discurriendo,
pues no hay otro camino
por donde mis razones
vayan fuera d’aquí sino corriendo
por tus aguas y siendo
en ellas anegadas,
si en tierra tan ajena,
en la desierta arena,
d’alguno fueren a la fin halladas,
entiérrelas siquiera
porque su error s’acabe en tu ribera.

Supuesto_retrato_de_Garcilaso_de_la_Vega

De nuevo este reconocimiento de un error que llega lejos, allí donde se pierde Europa, me ha recordado a la España actual que, en la entrega incondicionada a Europa, pierde su propia identidad. La vieja España invertebrada se descompone más que nunca por la transferencia de la educación a las autonomías, una decisión que la historia juzgará, quizás dentro de poco, como el comienzo de la destrucción de una nación histórica, compuesta de otras naciones.

¡Qué lógico hubiera sido que lo catalán, euskeriko, gallego, etc. se estudiaran como cultura españolas,  en todas las escuelas del Estado español, en vez de ceder a los políticos -siempre cortoplacistas en sus miras- algo tan importante como el futuro de la educación de un pueblo de raíces plurinacionales y milenarias.

Esas raíces explican nuestra grandeza en el Siglo de Oro, como estudia Kamen en relación con el cosmopolitismo del Imperio español. La crisis de esta unidad cosmopolista, explica precisamente la decadencia Española en el mundo, como analizo en otra entrada sobre Cataluña.

Antique_Map_Blaeu_Europe, cataluña en Francia

El franquismo -y su castellanismo centralista- tergiversó esta ilustre historia que hoy recordamos con más rabia que nostalgia. No parece haber marcha atrás en este proceso de disgregación política actual, aunque siempre es posible recordar esos tiempos en que los españoles tenían altas y lejanas miras y no se enzarzaban en disputas vecinales.

Tiempos de cultura compartida, de enriquecimiento común, y de común sentir profundo, algo que no conocen ya los nuevos catalanes, castellanos, valencianos, vascos, etc. que ven a los otros españoles como Garcilaso veía las fieras naciones de la lejana Europa… tierra ajena, desierta arena. No hay mucha esperanza ya, la verdad, pero como decía Garcilaso

No me podrán quitar el dolorido
sentir, si ya primero
no me quitan el sentido.

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