Europa, Cataluña y la balcanización de Navarra

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La exposición sobre el último Velázquez que está teniendo lugar en El Prado, me ha animado a continuar divagando sobre algunos asuntos históricos de actualidad, que dejé pendientes en otra entrada, en relación con la poesía de Garcilaso, sobre la difícil identidad de Europa y España.

Unos meses antes de morir, Velázquez acompañó al Rey Felipe IV a Fuenterrabía, para asistir a la firma de la Paz de los Pirineos, que tuvo lugar en 1659 en la isla de los Faisanes, tierra de nadie en medio del río Bidasoa que hace de frontera entre España y Francia. Con este tratado de Paz, España cedió definitivamente a Francia el relevo de primera potencia mundial, y dio también por perdidas las provincias catalanas del Rosellón y media Cerdaña.

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Cataluña, o la mayor parte de ella, había vuelto a integrarse en la Corona de España, después de una triste aventura soberanista que puede ser interesante recordar en estos tiempos de nuevas utopías secesionistas. Dos mapas consecutivos del mismo cartógrafo Blaeu señalan estos cambios, que muchos verán hoy como premonitorios.

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Estos fueron los acontecimientos, tal como nos lo cuenta el historiador Henry Kamen, que no es precisamente un forofo del Imperialismo español, sino más bien alguien crítico con este Imperio, pero objetivo en los datos que maneja. Sirva como resumen de su libro, esta reseña de EL PAIS. En la página 460 afirma lo siguiente:

En 1639 España estaba sufriendo una serie de derrotas en el conflicto europeo que se conoce como la Guerra de los Treinta años, y que obligaba a luchar en muchos frentes a la vez, desde Holanda e Inglaterra a Polonia, pasando por Nápoles, y llegando hasta las Filipinas o Brasil (entonces también bajo dominio español, por la unión dinástica de Portugal con España en 1582). El Conde-duque de Olivares escogió deliberadamente a Cataluña como principal frente de guerra con el peor de sus enemigos, Francia; en concreto el asedio que los franceses mantenían sobre la fortaleza fronteriza de Salses. En enero de 1640 por fin se recuperó Salses tras una intervención tardía de los catalanes. Olivares no quería perder la iniciativa de llevar la guerra al mismo corazón de su enemigo mortal; y decidió acantonar  a un ejército de nueve mil hombres en Cataluña, pues los catalanes se habían negado a tomar parte en la Unión de Armas (la contribución al servicio militar obligatorio de los tres reinos de España en aquel entonces, Castilla, Aragón y Navarra).

La presencia de estas tropas, formadas por tercios de Castilla y Navarra, con los consiguientes problemas de rapiña que acompañan a un enorme ejército mal pagado, soliviantó a la población campesina catalana. Poco a poco se produjo una verdadera revolución popular, promovida en parte desde la Generalitat. Al menos el virrey acusó en febrero de 1639 a la Diputación General de “agitar deliberadamente al pueblo y tratar de destruir el ejército”.

Esta oleada revolucionaria llegó a Barcelona el 7 de junio, fiesta del Corpus Christi, cuando insurgentes catalanes y segadores armados de sus hoces (el origen del himno catalán, Els segadors) expulsaron al virrey de su palacio y lo mataron el la playa cuando trataba de escapar en una galera.

Parte de la Diputació no estaba dispuesta a transigir con Madrid, y un grupo de rebeldes encabezado por Pau Claris, canónigo de Urgell, inició negociaciones con Francia. Para enero de 1641, estos rebeldes traspasaron el título de conde de Barcelona de Felipe IV a Luis XIII y quedaron con ello bajo el dominio de la corona francesa. “Sin humana razón ni ocasión –lamentaba el Conde-duque- los catalanes se han arrojado a una rebelión tan formada como se halla hoy la de Holanda”.

Blaeu. Con cataluña, completo

Los diez años siguientes resultaron traumáticos para Cataluña. En 1642, los franceses ocuparon el Rossellón para siempre, perdiendo una capital histórica de los reinos que configuraban la Corona de Aragón (todavía puede verse en Perpignan el palacio de los Reyes de Mallorca). Los padecimientos y los gastos de la guerra desilusionaron rápidamente a los catalanes, de modo que cuando don Juan José de Austria entró en Barcelona en 1652, la diputació se mostró dispuesta a aceptar sus condiciones, mucho más respetuosas con la propia identidad lingüística y cultural que lo que aceptaban los franceses.

De hecho, el odio a los Borbones centralistas explica la enconada resistencia de Cataluña contra Felipe V cincuenta años después, durante la guerra de Sucesión, que se prolongó catorce años en esas tierras. La diada (el 11 de septiembre de 1714) celebra la victoria final –traumática- del nuevo rey de España, apoyado por la corona francesa, sobre la resistencia catalana en favor del Archiduque Carlos de Austria. Cataluña perdió ya definitivamente sus fueros y su autogobierno.

El día que Barcelona se rindió al Rey Felipe V de Borbón

Pero a esta triste realidad no se hubiera llegado quizás sin el experimento fallido anterior. Podríamos incluso decir que, sin aquella aventura coyuntural que causó la pérdida de dos condados catalanes, la decadencia de España podría haberse demorado un tiempo, como estudia Henry Kamen en el libro citado (Imperio, Plaza y Janés, p. 461):

“la revuelta de Cataluña en 1639 precipitó la caída de Olivares pero también contribuyó al derrumbamiento de la hegemonía militar de España. La Cataluña al norte de los Pirineos se perdió para siempre tas el tratado de paz de 1659, y en la propia España la unidad quedó rota para siempre con el éxito de la revuelta de Portugal.”

Felipe IV, Diego Velázquez , Óleo sobre lienzo, 69 x 56 cm, ca. 1654, Madrid, Museo Nacional del Prado

El último retrato que Velázquez hizo a su amigo Felipe VI, que se exhibe en la exposición del Prado, condensa sicológicamente muy bien todos los sufrimientos del momento, entre los que destaca especialmente el dolor por Cataluña, tal como lo describe el Rey en sus cartas.

De hecho, la batalla de Rocroi, primera gran derrota de los tercios en más de un siglo, magistralmente pintada por el catalán Ferrer-Dalmau, se debió en buena parte a esta división de los frentes a ambos lados del Pirineo.

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La exposición de Velázquez en el Prado sirve para entender que tanto el problema de la identidad española, ahora en entredicho, como las dificultades de esa ciudadanía europea en la que confían los independentistas catalanes, se remontan a la misma Guerra de los treinta años, que Rubens supo pintar con gran maestría en su enorme cuadro Los desastres de la guerra, que describe en una carta con estas palabras:

“puede verse en el suelo, bajo los pies de Marte, un libro y unos dibujos en papel, para dar a entender que también -la guerra- pisotea la literatura y las demás artes. Hay así mismo, creo, un haz de flechas con la cuerda que las une desatada, que cuando están unidas son el emblema de la Concordia, y también pinté, tirado junto a ellas, el caduceo y el olivo, el símbolo de la paz. Esa lúgubre Matrona, vestida de negro y con el velo rasgado, despojada de sus joyas y de cualquier otro adorno, es la infeliz Europa, afligida por tantos años de rapiña, ultrajes y miseria que, como tan perjudiciales resultan para todos, no necesitan ser especificados. Su atributo es ese globo que sostiene un putto o genio y remata un copete que representa el orbe cristiano.”

«Los desastres de la guerra», de Rubens

El dolor de Rubens, flamenco al servicio de España, es similar al que sintió Picasso cuando pintaba el Guernica, que parece estuvo inspirado en los Desastres de la Guerra. Ambos experimentaron desde lo más profundo las angustias por una similar guerra civil. Es interesante traer a colación El Guernica, porque pienso que el riesgo de separación de Cataluña no sería tran grave (supongo que en diez años pedirán de nuevo volver con la humildad de los escarmentados) si no fuera porque su ejemplo, como ocurrió en aquel entonces con Portugal, tendrá ahora seguidores en el País Vasco y Navarra.

La balcanización de Navarra

Eslovenia, por hacer un símil con Cataluña, se fue de la antigua Yugoslavia sin apenas derramamiento de sangre; pero en estas tierras de Navarra que me acogen, las diferencias se miden siempre con la fuerza -vease la sombría presencia de ETA- y no con el diálogo.

Quien conozca la situación de los pueblos de la Navarra verde sabrá muy bien que podríamos tener de nuevo aquí una guerra de Bosnia, aunque nos parezca inimaginable. Tampoco nadie pensaba que en la Yugoslavia pacífica y turística de 1992 (cuando fue el viaje de estudios de mi promoción en el que nadie vio nada extraño en el ambiente), estallaría la más cruel de las guerras recientes, que ha abierto heridas incurables en el corazón de Europa.

Confiemos en el buen sentido común, si no histórico, de nuestros hermanos catalanes, y que no den mal ejemplo a otras comunidades. O si esto es mucho pedir, esperemos que al menos vayan a ver la exposición de El Prado: el arte dice sobre la complejidad de nuestra historia más y mejor que los libros de historia, porque deja libertad al que observa.

Cuando nadie está dispuesto a escuchar los argumentos históricos del otro -pues como ocurre con los forofos del fútbol, no caben las razones en el nacionalismo, del signo que sea: todo es pasional- solo queda compartir sentimientos comunes, y el arte llega fundamentalmente al corazón.

*Coda final con QUEJA Y MORALEJA: Me apena comprobar que muchos jóvenes catalanes ya ven a Velázquez como un pintor ajeno a su cultura y al rey que retrata como un invasor que tiene bien merecidos sus sufrimientos. Así se lo han enseñado en la escuela y en los institutos.

Ya he comentado en otra entrada que el error histórico más grave de nuestra domocracia lo cometió la UCD cuando consintió en la transferencia de la educación a las Comunidades nacionales históricas, en vez de hacer que en toda España se estudiaran esas diferentes identidades y lenguas del Estado, como algo patrimonial de todos los españoles.

Dejar algo tan serio como la enseñanza de la historia en manos de los políticos, siempre ansiosos de poder, siempre oportunistas, es sentenciar a muerte a cualquier proyecto de futuro en común. Francia sigue siendo Francia, más fuerte cada vez en su identidad; los catalanes del Rosellón y la Cerdaña francesa o los vasco-franceses en su mayoría no tienen dudas de que primero son franceses, y luego vascos o catalanes.

No es el centralismo de Francia lo que envidio, desde luego, sino el hecho de que los gobernantes franceses, del signo político que sean, hayan tenido siempre muy clara la importancia de la educación de sus ciudadanos en valores comunes sobre la propia historia.

A nuestros políticos sólo parece interesarles crear complejos históricos al servicio de sus guerras políticas, y sobre todo, fomentar la ignorancia creciente y enconada sobre los otros, los propios españoles y sus diferencias.

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6 Respuestas a “Europa, Cataluña y la balcanización de Navarra

  1. En mi opinión, toda división es un retroceso. En mi caso, no imagino como podríamos integrarme con los otros peruanos e hispanohablantes, si en Piura aún habláramos la lengua tallán. El castellano nos une y también un pasado histórico común.

  2. Tiene narices la cosa, la culpa historica de los desastres del imperio Español la tiene Catalunya por su mala cabeza. Con el adn en su mentalidad colonizadora, Castilla a la que le trae al pairo las diferentes culturas y lenguas de la peninsula tiene poco que ver en la actual situación de desafecto a un proyecto común por parte de los catalanes. Como dijo aquel…………..Bravo, Bravo, y tres “vreces” Bravo !!!!.

    • tienes parte de razón, opino. La historia es como es, Castilla tuvo más fuerza, y hasta los reyes de Aragón lo aceptaron así cuando Aragón y Cataluña estaban en crisis; de hecho, no fue un mal negocio casarse con la rica-hembra, al menos a corto plazo. En todo caso, fue lo que fue. Pero el problema actual podría haberse resuelto no hace demasiado tiempo cuando, gobernando la UCD, en vez de ceder a las autonomías la educación, El Estado tenía que haber introducido una asignatura obligatoria o más sobre la diversidad lingüística y nacional del Estado Español, y que todos aprendiésemos de todos. Así los políticos nacionalistas se hubieran tranquilizado un poco, y en la parte más nacionalista-española (los que siguen pensando que España es sólo el castellano), aunque hubieran protestado -típica queja simple de, por qué voy a aprender cultura catalana o vasca, cuando es mejor aprender inglés, etc.- hoy habría más conocimiento y por tanto más afecto hacia lo otro, con el consiguiente afecto también de la periferia hacia el centro. Pero ya no parece haber mucha vuelta atras…

    • Hola. No es algo triste, pero puede llegar a serlo. En Ucrania están felices? hay en toda idea revolucionaria una especie de traslado de los consuelos de la religión a la política, que implica pensar que, como los dolores de parto, las tribulaciones del presente son necesarias por el advenimiento de un hombre nuevo, en este caso un futuro ideal. Yo no pienso que vaya a ser así: ni Cataluña ni España van a estar mejor si esta tensión creciente llega al summum y provoca una independencia (que será conflictiva, no pacífica, también dentro de Cataluña). No creo en esa utopía del nacionalismo catalán, lo siento. Aunque me guste mucho la historia y la cultura catalanas, que siempre he visto unidas a España, aunque desgraciadamente no se les haya dado la consideración que merecen por parte del resto de los españoles. Saludos

  3. Pingback: Pensar sobre Europa y España releyendo a Garcilaso | Imagología·

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