La Vieja Viena en el corazón de Manhattan

https://i0.wp.com/upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/1/1e/Neue_Galerie.jpg The Neue Gallery es uno de los pequeños museos más acogedores de Nueva York, situado en un precioso palacio cerca del Metropolitan Museum, y con una elegante cafetería restaurante que recuerda a la Viena de 1900. Se trata de un museo especializado en arte moderno alemán y austriaco, y atesora el famoso cuadro La Dama de Oro de Gustav Klimt, el retrato más famoso de Adele Bloch-Bauer. https://i0.wp.com/static01.nyt.com/images/2012/05/25/arts/25KLIMT1_SPAN/25KLIMT1_SPAN-articleLarge.jpg Este cuadro fue recuperado para la colección en 2006, pues había sido requisado a la familia Bloch-Bauer por los Nazis, y se encontraba en el Palacio Belvedere de Viena, como una de sus joyas predilectas. Una exposición de sus apuntes preparatorios y de la historia de la protagonista retratada, sirve para recordar esta historia reciente, tal como narra la película Woman in Gold, o la Dama de oro en español, dirigida por Simon Curtis. https://i1.wp.com/www.hoyesarte.com/wp-content/uploads/2015/04/la-dama-de-oro-621x309.jpg En la cultura visual contemporánea las artes tradicionales siguen la estela de los nuevos medios de masas, por lo que no es posible desaprovechar el impacto de un estreno cinematográfico para promocionar el arte de los museos. De hecho, aunque el cuadro estaba ya expuesto en la Neue Gallery, las colas han aumentado considerablemente estos días, que son también los del final de una preciosa exposición sobre Egon Schiele, uno de los grandes dibujantes austriacos, y el enlace más evidente entre el Art Nouveau-estilo Sezession de Klimt y el expresionismo germánico del periodo de entreguerras. schiele-master675 Sus primeras obras, aunque renuncien a lo decorativo, todavía muestran la herencia del que Schiele consideraba su maestro y referencia aunque fuera un pintor maldito en la Academia de Bellas Artes de Viena donde Schiele estudiaba. Una devoción que fue también la causa de sus desgracias, no sólo porque la Sezession estaba vetada en la Academia,sino además porque, el hecho de imitarle en una serie de dibujos eróticos le llevaron a la cárcel, episodio que está muy bien narrado en esta exposición. Este escándalo puritano ha contribuido a que los dibujos eróticos de Schiele sean hoy más famosos de lo que deberían, ya que Schiele no necesitaba de este tipo de escándalos para pasar a la historia de los grandes creadores. Pese a su prematura muerte, ha sido una referencia fundamental para retratistas en el siglo XX y lo seguirá siendo en el XXI. Siempre aconsejo a mis amigos artistas fijarse bien en su dibujo certero y sintético, con habilidad de caricaturista que busca siempre economizar medios expresivos, tanto en la línea como en el uso comedido y preciso que hace del color. 2-egon-schiele-portrait-of-dr-erwin-von-graff-1910 Sus retratos son innovadores en la composición y en la fotogenia, radiografías del alma y del cuerpo de sus retratados. Como hacía Van Gogh, a quien imita en el expresionismo, son sobre todo retratos en los que Schile pone su propia vida. Una vida que simboliza mejor que ninguna otra el esplendor y decadencia de esa capital mundial que fue Viena entre 1900 y 1918. Hasta la prematura muerte de Egon Shiele, que tuvo lugar a la vez que desaparecía el Imperio Austro-Húngaro, prefigura lo que será el fracaso de una sociedad multicultural, multirreligiosa, cosmopolita y libre, a la que sustituirá el imperio de las ideologías nacionalistas excluyentes que han teñido de sangre todo el siglo XX.

BN-FY148_schiel_J_20141209143911 Todo esto está muy bien narrado en la Marcha Radetzky de Joseph Broth, cuando el conde Chojnicki (un polaco), confiesa al patriarca de la familia protagonista de la famila Trotta que ellos mismos solo son fantasmas del pasado, porque la patria, la Monarquía Austria que justificaba con su nombre y daba unidad al Imperio mustinacional, era ya solo una sombra del pasado:

“literalmente hablando, todavía existe. Disponemos aún de ejército –dijo el conde, señalando al teniente- y de funcionarios –y señaló al jefe de distrito-. Pero la monarquía se está destruyendo de vivo en vivo. Ya se nos ha destruido. Un anciano, cuya muerte, cercana, le puede llegar por cualquier resfriado, mantiene en pie el trono por el simple hecho, milagroso diría yo, de que todavía es capaz de sentarse en él. Pero, ¿hasta cuándo podrá hacerlo? Nuestro siglo no nos quiere ya. Los tiempos quieren crearse ahora Estados nacionales. Ya no se cree en Dios. La nueva religión es el nacionalismo. Los pueblos ya no van a la iglesia. Van a las asociaciones nacionalistas. La monarquía, nuestra monarquía, se basa en la religiosidad, en la creencia de que los Habsburgo fueron escogidos por la gracia de Dios para reinar sobre tales y tales pueblos, muchos pueblos de la cristiandad. Nuestro emperador es el hermano del Papa en el siglo, es Su Real e Imperial Apostólica Majestad, y nadie más sino él: apostólico. Y ninguna majestad en Europa depende tanto de la gracia de Dios y de la fe de los pueblos en la gracia de Dios. El emperador de Alemania seguirá gobernando aun cuando Dios le abandone; reinará si es necesario por la gracia de la nación. El emperador de Austria-Hungría no se puede permitir que Dios le abandone. Pero ahora Dios le ha abandonado” (P. 174 de la edición de Edhasa de 1994).

schiele.self_.arms_.lg_.jpg Del mismo modo que el explendor de Klimt y la melancólica vida de Schiele me han recordado la Marcha Radetzky, estas líneas me han recordado a la España actual, con nuestra monarquía desacralizada, cada vez más fantasmagórica, y el auge de unos nacionalismos nutridos con la arrolladora pasión de ideas cuasi religiosas.

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El futuro no pinta muy bien desde el punto de vista político, ni tampoco desde el punto de vista artístico, como escribí en otra entrada en relación con Arco y el auge global de Latinoamérica en detrimento de la “marca” España. No sé qué pasará con la España multinacional, pero sí que sabemos que una vez desaparecido el imperio Austro-Húngaro, Viena –ni Budapest o Praga- volvieron a ser lo que habían sido antes de la guerra. Las potencias europeas vencedoras de la primera Guerra Mundial (sobre todo los imperios británico y francés) no dejaron escapar la oportunidad de aniquilar los últimos restos del Sacro Imperio Romano-Germánico, con su monarquía católica (que significa universal), sin darse cuenta de que, al convertir a Viena en una ciudad museo y a Austria en una pequeña provincia, dejaban a la Prusia militarista como líder del mundo germánico, un caldo de cultivo que permitió el éxito de la locura nacional socialista.

fig7lg El desquite sólo era cuestión de tiempo, tal como vaticinó el Papa Benedicto XV cuando le negaron asistir al Tratado de Versalles, tan inmisericorde con las potencias vencidas: habéis firmado no un tratado de paz, sino un tratado de Guerra.

Se refería a la II Guerra Mundial, que no fue sino continuación de la primera; pero también pudo vaticinar otra terrible guerra Europea del fin de siglo XX, la de los Balcanes, que fue consecuencia de la descomposición de ese estado artificial creado en Versalles, Yugoslavia, para agrupar a los restos eslavos del antiguo Imperio Austriaco y ponerlos bajo el dominio de Serbia.

Aunque conserve como muestra del esplendor cosmopolita de otros tiempos el concierto de Año nuevo, no deja de producir tristeza visitar esa ciudad nostálgicamente bella y decadente. Un mausoleo de un glorioso cadaver urbano, que podría ser una preciosa capital de Europa si Francia aceptara que el alemán tuviera más presencia que el francés en el futuro de esta unión de estados y naciones que es Europa. Quizás el futuro de la Unión Europea vaya por ahí, aunque se trata de un futuro igual de incierto que el de España como nación.

Nueva imagen (1) Volviendo al presente de Nueva York, y dejando la vieja Europa con sus historias acumuladas y su tiempo lento, recuerdo un párrafo de la Marcha Radetzky con el que voy a poner fin a estas elucubraciones levantadas por la exposición de la Dama de Oro y Egon Schiele en la Neue Gallery:

“En aquel tiempo, antes de la gran guerra, cuando sucedían las cosas que aquí se cuentan, todavía tenía importancia que un hombre viviera o muriera. Cuando alguien desaparecía de la faz de la tierra, no era sustituido inmediatamente por otro, para que se olvidara al muerto, sino que quedaba un vacío donde él antes había estado, y los que habían sido testigos de su muerte callaban en cuanto percibían el hueco que había dejado. Si el fuego había devorado una casa en alguna calle, el lugar del incendio permanecía vacío por mucho tiempo, porque los albañiles trabajaban con lentitud y circunspección, y los vecinos a los que pasaban casualmente por la calle, recordaban el aspecto de las paredes de la casa desaparecida al ver el solar vacío. ¡Así eran entonces las cosas! Todo cuanto crecía necesitaba mucho tiempo para crecer, y también era necesario mucho tiempo para olvidar todo lo que desaparecía. Pero todo lo que había existido dejaba sus huellas y en aquel tiempo se vivía de los recuerdos de la misma forma que hoy se vive de la capacidad para olvidar rápida y profundamente” (P. 121. de la edición de Edhasa de 1994).

P1070794 Olvidar rápida y profundamente es propio de la vida moderna, y se da con especial intensidad en esta capital mundial que es Nueva York, como recuerda el maravilloso libro de E. B. White, que uso selectivamente para comentar mis fotografías del 11S:

“Nueva York mezcla el encanto de la privacidad con el excitante placer de la participación; mejor que las comunidades más densas, consigue aislar al individuo (es lo que la ciudad pretende, y lo que casi todo el mundo busca o necesita también) de los apasionantes y sorprendentes acontecimientos que tienen lugar allí cada minuto (…) Ha muerto un hombre por el desprendimiento de una cornisa. Yo estaba cerca pero no formaba parte de esa tragedia, porque en caso como este unas pulgadas de distancia son decisivas. Menciono esto sólo para mostrar que Nueva York ha sido construido para absorber casi todo lo que ocurra sin influir en el acontecer cotidiano de sus habitantes. Así que cada acontecimiento es, en cierto sentido, opcional, y el neoyorkino permanece en la feliz posición de poder elegir su espectáculo y a la vez conservar su propia esfera de intimidad sin implicarse” Here is New York by E. B. White, New York, 1949 (traducido por Jorge Latorre, de la tercera edición, The Little Bookroom, New York, 1999, pp. 22-23).

Por contraste con ese bullicio cotidiano improvisadamente olvidadizo que vive la ciudad de Nueva York, la Neue Galley de arte austriaco y alemán es un lugar en el que el tiempo se remansa, y las vidas y muertes – se exhibe la mascarilla mortuoria de Schielle en su exposición monográfica- de los grandes hombres siguen siendo recordadas. Un lugar en el que puede uno refugiarse de vez en cuando para sentir a la vieja Europa latiendo en el corazón de Manhattan.

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