M-arte-king en la liga de subastas

Estuve en un par de sesiones de subatas en Nueva York, y voy a compartir con vosotros mi experiencia en términos futbolísticos, pues la competencia entre las dos grandes casas de subastas se parece mucho a la liga española, con la rivalidad tradicional entre el Madrid y el Barcelona.

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Christie’s parecía la gran perdedora en la reciente competición por encabezar los titulares, pero se impuso finalmente con un caballo ganador, Picasso, que dejó en ridículo a la gran apuesta de Sotheby’s, un Rothko que partía con 40 millones de dólares de estimación y sólo alcanzó 43 (mientras que el Picasso llegó a los 179). Aquí un resumen de todo.

Como en la liga española de fútbol, inflar los precios de las estrellas (artistas consagrados o futbolistas de postín) significa dejar constancia de que estamos jugando en la primera liga del arte mundial, por eso la importancia del márketing alcista. Romper espectativas, superar límites de valores, etc. se ha convertido en una obsesión. Del mismo modo, como ocurre con el negocio de branding en el fúlbol (venta de camisetas y otros accesorios), se juega casi siempre al caballo ganador, con nombres que ya se han hecho populares en los medios de comunicación globales.

IMAG0833Sotheby’s puso todo el peso de su subasta del siglo XIX en Van Gogh, y le salió bien, pues los 40 millones estimados subieron a 53; por eso confiaba que lo mismo iba a pasar con Rothko, que comparte con el holandés su temperamento atormentado y suicida, y una obra relativamente escasa, cada vez más demandada. Sólo dos estrellas semejantes podrían competir con los Picasso y Giacometti que, economicamente más poderosa, abanderaba Christie’s.

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Es interesante ver cómo funciona este márketing (o mARTEking) previo de estas casas de subastas, que pierdan o no la liga de los titulares, siempre ganan mucho, mucho, dinero. En primer lugar, la competencia entre ellas les da más prestigio y presencia mediática. Después está la especulación con los precios alcistas, en dos direcciones: por un lado, manteniendo el prestigio de los grandes con cada vez más exorbitantes apuestas; por otro lado, aprovechándose de este glamour para aumentar la cotización de otros artistas menos conocidos.

El simple hecho de exponer junto a Picasso o Rothko en las galerías, hace que estos nombres menos populares multipliquen por mucho coeficiente su valor, como es el caso de Mark Grotjahn, que estaba al lado de un Warhol, y de estar, muy sobreestimado, en 2 millones de dólares ha pasado a venderse por 6 millones 522.000.

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Un galerista o marchante que consiga (pagando, por supuesto) que sus artistas cuelguen obra en lugares destacados de la exhibición previa a la subasta, puede después hacer que esos artistas jueguen también en la primera liga.

Si además se trata de artistas vivos, el negocio tiene futuro, pues habrá muchas más obras con esos altos precios. Pero también artistas ya difuntos pueden ser revalorizados cuando su obra es expuesta en el lugar correcto, y vendida con ínfulas de arte consagrado. Sirva de ejemplo este simio del animalista -bastante conservador en su tiempo- Rembrandt Bugatti, estratégicamente colocado junto a las obras de Picasso y Giacometti en la exposición de Sotheby’s.

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No cabe duda de que estamos hablando de grandes artistas en general. Tanto si se trata de Picasso y Rothko como de Grotjahn, jugamos en primera liga. Pero a los directivos de estas casas de subastas y a los marchantes que negocian con cantidades millonarias les da lo mismo Picasso que Ronaldo. Es triste, pero es así. Y que conste que no tengo nada contra el fútbol, que también está siendo víctima de la especulación.

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Pero el fúlbol mueve masas y el arte, en teoría, no. Aunque Wall Street haya descubierto que no hay dinero más líquido, más fluctuante y especulativo, que el que se maneja en el mundo de las artes. Y no hay mejor forma de hacerlo rendir que popularizándolo mediáticamente. También los millonarios compiten en popularidad vanidosa con otros millonarios para tener un Rothko o un Picasso en su colección, cuando no se trata tan sólo de buscar un modo de inversión estable o blanqueo de dinero.

Son muchos los intereses creados, y cada vez más frecuentes los lamentos por parte de los artistas y de los verdaderos amantes del arte, que asisten perplejos a esta fiesta de despilfarro con la sensación de ser mero pretexto, bufones para divertir a los nuevos aristócratas del capitalismo.

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Otros muchos artistas deciden formar parte del negocio, pero no consiguen esconder su tristeza en la fiesta, o les vemos arrastrar una sonrisa cínica más propia de una mascarada macabra que de una celebración gozosa.

Esta sensación agridulce no es tan solo por amor al arte al que ven prostituido. Ni siquiera porque piensen que los precios del arte estén locamente disparados, pues como decía Antonio López, valer lo vale todo, el Arte no tiene precio. Se trata de que el artista suele tener algo de profeta, y presiente quizás que esa burbuja artística, como ocurrió con las hipotecas basura (o la especulación inmobiliaria), puede estallar un día. Y entonces no sólo el mercado del arte, sino también el Arte (con mayúscula) sufrirá las consecuencias del descrédito general. Y aunque los mercaderes elegirán otro lugar y otra mercancía para hacer su negocio, los artistas seguirán viviendo, o malviviendo como siempre.

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