La leyenda negra y la colonización de África, América y Asia en el siglo XVI

Un reciente viaje por el Japón y la visita a una de las mejores exposiciones que está teniendo ahora lugar en el Metropólitan Museum de New York, Kongo, power and Majesty, me han espoleado a escribir esta larga reflexión, seguramente polémica.

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Kongo, power and Majesty no solamente es una exposición deslumbrante en cuanto a los objetos presentados sino que además rompe muchos tópicos sobre las relaciones entre Europa y África (y, de rebote, también América) durante la época de los descubrimientos y colonialismos.

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La leyenda negra antiespañola, en buena parte tejida por Holanda e Inglaterra, se ceba especialmente en las matanzas de indígenas por parte de los españoles, lo que siempre ha sido llamativamente opuesto a la realidad del Continente americano: donde hay más cultura indígena es precisamente en aquellas zonas que fueron colonizadas por españoles y portugueses, y no así en las que fueron conquistadas por los países de raíces anglosajonas, donde los autóctonos fueron sistemáticamente exterminados o reducidos a reservas.

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En estas fechas navideñas, que por mucho que se quieran diluir en burbujas comerciales, celebran el nacimiento del cristianismo, conviene recordar algunas cosas que esta religión ha traído al mundo. En concreto, el papel que desempeñó en América y África a la hora de respetar a sus habitantes, en un tiempo en el que no existía todavía la idea de los derechos de las gentes, o lo que hoy llamamos derecho internacional. Esto es, un pensamiento que diera por supuesto la protección legal del no europeo, y el respeto a su dignidad como persona, equiparable en todo a la de los conquistadores.

Los derechos internacionales fueron creados, precísamente en ese siglo XVI, por los juristas dominicos de Salamanca, y permitieron limitar la fuerza de las armas allí donde llegaron a aplicarse, gracias a la presencia de la Iglesia a través de sus sacerdotes misioneros, teólogos juristas, frailes y monjas.

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Las ideas comentadas sobre América en otra entrada se pueden constatar también en la exposición sobre el Congo del Metropolitan Museum. Desde el principio de los descubrimientos portugueses, ya en el siglo XV (casi al mismo tiempo que se descubría América al otro lado del océano Atlántico), el Rey de Congo Nzinga a Nakuwu se bautizó con el nombre de Joao I, y aceptó el cristianismo como religión del estado, lo que trajo mayor estabilidad a un inmenso territorio que ocupaba casi toda la África Central.

Esta conversión acercó mucho a este reino del Congo a Europa; incluso hubo muy pronto un obispo africano ordenado en Lisboa, descendiente directo del rey. También fue famoso un embajador del Congo que viajó al Vaticano, y enfermó de muerte estando en Roma. El mismo Papa le ofreció los últimos sacramentos, y fue enterrado solemnemente en Santa María la Mayor. Toda esta historia fue ilustrada en un grabado que se expone en la exposición.

D. Antonius Emanuel Marchio de Wnth Orator Regis Gongi ad Summu[m] Pont

No había ningún racismo en estas prácticas, es evidente. El racismo vino después, y vino para justificar el comercio esclavista. Este comercio estaba monopolizado por Holanda e Inglaterra; y, aunque prohibido por las leyes, también lo usaron españoles y portugueses en sus colonias americanas, para sustituir con esa mano de obra esclavista venida de África al trabajo indígena.

Ese racismo se impondría después también en España y Portugal, cuando estos países se incorporan, a partir de finales del Siglo XVIII, a las corrientes imperialistas del despotismo ilustrado. Es el momento de la expulsión de los Jesuitas de América, que aparece descrito en la película LA MISION. Esos tiempos de palabras bonitas (libertad, igualdad, fraternidad) que tardaron mucho tiempo en hacerse realidad. Ni Jefferson ni Voltaire se atrevieron a denunciar con firmeza la esclavitud africana, que seguía siendo un gran negocio, y se mantuvo hasta el siglo XX.

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La exposición del Metropolitan muestra muy bien esta evolución a lo largo de los siglos; y también magníficos objetos del mestizaje que produjo la presencia del catolicismo en estas tierras africanas, pero no entra demasiado a analizar las verdaderas causas de la descomposición del reino del Congo.

Se explica que fueron las guerras civiles entre africanos, incentivadas por los intereses comerciales europeos, y complicadas por las propias guerras de religión europeas ya en el siglo XVII. Depués vendría el triste reparto imperialista de África a finales del XIX y las guerras coloniales y postcoloniales del XX, causantes de su empobrecimiento y estancamiento hasta nuestros días.

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Pero aunque no lo diga expresamente, la exposición del Met invita a reflexionar qué hubiera ocurrido si África hubiera sido colonizada en el siglo XVI y XVII por España y Portugal, y no simplemente convertida en un polvorín de guerras tribales del que sacar provecho esclavista y materias primas.

Como en la América católica (dedico otra entrada a este tema), África adoptó inmediatamente el cristianismo de modo natural, y no como una imposición, integrándolo con sus propias creencias. No fueron las armas, sino el testimonio de los frailes, sobre todo franciscanos, lo que atrajo a los autóctonos a la fe en Cristo. Los crucifijos muestran maravillosamente este mestizaje de las antiguas creencias con el cristianismo.

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Kongo Crucifix, 16th–17th century Kongo peoples, Kongo Kingdom, Brass; H. 10 3/4 in. (27.3 cm) The Metropolitan Museum of Art, New York, Gift of Ernst Anspach, 1999 (1999.295.7) http://www.metmuseum.org/Collections/search-the-collections/318323

Pero es tal la fuerza de la Leyenda negra que todavía hoy se habla despectivamente de una impositiva integración de los pueblos autóctonos a la cultura dominante, incluida la religión católica del europeo invasor. Esa leyenda fue creada por los países antipapistas, especialmente Holanda e Inglaterra, para esconder sus intereses comerciales y políticos.

Efectivamente, los países no católicos no se plantearon siquiera la conversión de los nativos, porque no los consideraban personas con la misma dignidad de hijos de Dios que ellos, los colonizadores europeos. No tenían a un fraile que pudiera recordarles esta idea esencial del cristianismo, y que pudiera contrarrestar la fuerza de las armas y la obsesión por hacer negocio a cualquier precio.

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Kongo Pendant: Saint Anthony (Toni Malau), 16th–19th century Kongo peoples, Kongo Kingdom, Brass; H. 4 in. (10.2 cm) The Metropolitan Museum of Art, New York, Gift of Ernst Anspach, 1999 (1999.295.1) http://www.metmuseum.org/Collections/search-the-collections/318317

No olvidemos que eran africanos los que entregaban a otros compatriotas de las tribus enemigas para ser llevados como esclavos. Y que fueron los holandeses los que, para fomentar este lucrativo comercio de personas, provocaron inestabilidad en lugares bastante estables, como por ejemplo el reino del Congo.

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Por poner un ejemplo actual que permita entender lo que ocurrió, puede servir el caso de Irak y otros países árabes desestabilizados por la intervención occidental, con fines no siempre claros, generalmente de tipo económico y poder geoestratégico.

El resultado está a la vista, sufrimiento para la propia población civil, enzarzada en guerras tribales. No se dice tanto que son los cristianos quienes más están sufriendo allí ahora, perseguidos en ambos bandos . Así ocurrió también en el Congo: la persecución les vino tanto desde los ámbitos paganos (tribus enemigas del rey) como desde el ámbito de los traficantes de esclavos holandeses, que los consideraban papistas.

Es sabido que la reforma protestante suponía entre otras muchas cosas la supresión del sacerdocio y las órdenes religiosas, y tuvo en Holanda gran fortuna, con la forma más radical, la de Calvino. A la larga, este hecho propició la emancipación de estas provincias de los Países Bajos del imperio español, y la división actual entre la Bélgica católica y la Holanda calvinista.

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Kongo Crucifix, top small figure 18th–19th century; central large figure 16th–17th century; bottom small figure 18th–19th century Kongo peoples, Kongo Kingdom, Wood, brass; H.10 1/4 x W. 5 11/16 x D. 1 in. (26 x 14.5 x 2.5 cm) The Metropolitan Museum of Art, New York, Gift of Ernst Anspach, 1999 (1999.295.15) http://www.metmuseum.org/Collections/search-the-collections/318331

Por estas guerras religioso-políticas entre cristianos, los mercantes holandeses que despreciaban la vinculación del rey del Congo con la Iglesia católica, justificaban en su conciencia las transacciones esclavistas al tiempo que le quitaban a Portugal su primacía comercial en El Congo.

Una vez desestabilizado el país, al ser destronado su rey, sólo tenían que esperar en la costa la llegada de esclavos vencidos de guerra, traídos por los miembros de la otra tribu vencedora en los combates.

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En África y América, como también en Japón un siglo después, los holandeses y británicos primaron sus intereses comerciales y políticos a los religiosos. Esto hoy nos puede parecer muy moderno, pero en aquella época provocó millones de muertos, muchos más que los que ocasionó la colonización evangelizadora española.

La historia debe ser estudiada en su contexto, tanto en América como en otras partes del mundo. Era un contexto de conquista del que nadie podía librarse, y podría hacerse mejor o peor según las condiciones del momento.

En comparación con lo que ocurrió en América, el desastre de la colonización esclavista y comercial de Africa es tan llamativo, que debería hacernos reflexionar sobre el papel que la Iglesia católica ha desempeñado en la transmisión de la cultura y el mestizaje. Donde su presencia fue erradicada, el resultado fue mucho más terrible para la población autóctona. Este es también el caso de Japón, menos conocido que los anteriores.

Japon. The bombardment of Hara Castle

En Japón, la predicación de san Francisco Javier y otros jesuitas dio muy pronto fruto, tanto que llegó a contabilizarse más de un millón de cristianos (en un país que no sobrepasaba entonces los 27). Pero la reacción del Shogunato, que veía en esta religión una ingerencia extranjera, decretó la expulsión de todos los europeos, menos los holandeses, siempre que rechazaran públicamente el cristianismo (el rito exigía pisar un crucifijo), a comienzos del siglo XVII. A continuación, el nuevo Shogun Tokugawa decidió cerrar Japón al resto del mundo y decretó la más cruel y persistente persecución del cristianismo en toda su historia. Fueron tres siglos de persecuciones en las que cientos de miles de japoneses cristianos fueron asesinados por manifestar su Fe.

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Hubo especial resistencia a estas medidas represoras en la región de Shimabara, donde el campesinado de esta península y las islas Amakusa cercanas se había levantado en armas contra el tirano señor feudal. Cristianos y no cristianos peleaban juntos, pero estaban liderados por un joven de 16 años, Amakusa Shiro, que usaba como bandera la cruz y un cáliz adorados por ángeles. Lo que fue un motín contra la injusticia se convirtió en una guerra religiosa, todavía recordada en Japón a través del cine y el cómic.

No eran españoles los que defendía su libertad religiosa, eran japoneses; y los tiranos opresores de esa libertad contaban con el apoyo de los supuestos liberales reformistas, los mercaderes holandeses, que pusieron sus cañones al servicio del Shogun para sofocar finalmente la rebelión y exterminar a todo el campesinado de la zona.  Fueron necesarios más de 150000 samurais y el apoyo logístico de los barcos holandeses desde el mar para poder tomar el castillo de Hara, último símbolo de resistencia por la libertad religiosa.

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La leyenda negra contra la España católica y contrarreformista ha silenciado todos estos tristes episodios de las guerras internas entre europeos llevadas a otros puntos del planeta. Los que la escribieron, quizás para ocultar sus turbios intereses comerciales y luchas de poder contra el imperio español entonces dominante, fueron holandeses y británicos.

Estaban en su derecho, la propaganda es una buena táctica de guerra. Pero es triste que los propios españoles hayamos aceptado esa versión sin demasiados problemas. Por eso, bienvenidas sean las exposiciones como la del Metropolitan Kongo, power and Majesty o la del Castillo de Hara en Shimabara, Japón.

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