Lo Nunca Visto: a vueltas con el informalismo en plena posmodernidad neobarroca

En este periodo histórico de vuelta a la realidad que estamos viviendo en la llamada posmodernidad, la gran revolución del informalismo suena ya trasnochada, como una vieja lucha del siglo pasado. Pero siempre encontramos estrategias para darle a la abstracción nuevos aires, y redescubrir su vigencia. Voy a referirme brevemente a tres exposiciones recientes que he podido visitar, una de ellas recién inaugurada, que considero han conseguido con creces este propósito de revitalización del informalismo.

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Comenzaré por la más reciente, inaugurada el viernes 26 de febrero en la Fundación Juan March de Madrid, LO NUNCA VISTO. De la pintura informalista al fotolibro de postguerra (1945-1965). Se trata de una forma nueva de mostrar la época y su arte, acompañando a los experimentos pictóricos y escultóricos de otras imágenes visuales –video y fotografía– y las publicaciones más relevantes del momento.

La propia instalación ayuda a garantizar una total inmersión en el contexto, que revive gracias al diseño innovador tanto de las salas y formatos expositivos como de los catálogos-periódicos y otros materiales de apoyo informativo.

informalismo

Esta exposición presenta la pintura europea de la postguerra –y hasta mediados de los años sesenta– junto a la fotografía de esas mismas décadas, justo después de los campos de exterminio nazis, de las bombas nucleares de Hiroshima y Nagasaki, etc. con la pretensión de que el espectador comprenda la ruptura a la que los artistas se vieron obligados tras la contienda. Un mundo sin rostro, exigía también un arte sin rostros.

Paco Gomez, Cristo

Estas obsesiones de la postguerra y la Guerra Fría, simbolizada muy bien por el poema Bomba de Gregory Corso (Bomb, Citi Lights Books, 1958) que está traducido en un desplegable con la forma de hongo alargado que le caracteriza, se prolongan artísticamente hasta los primeros atisbos de lo que sería el Pop, cuando la generación del baby boom comenzaba su protagonismo histórico.

Bomb

Los décollages de carteles publicitarios de Jacques Villeglé en diálogo con las fotografías de muros de Paco Gómez son un perfecto complemento a una exposición que incluye abundantes ejemplos de la Europa del otro lado del telón de acero, en donde se hacían prácticamente las mismas cosas, aunque nosotros hayamos tardado mucho tiempo en conocerlo. La cultura y el arte siempre han saltado por encima de los muros de todo tipo, también esos muros ideológicos y geográficos que levantó la Guerra Fría.

Este aspecto, que he estudiado en profundidad en relación con el Quijote, fue mostrado también en una de las mejores exposiciones del MOMA del año pasado, Transmissions: Art in Eastern Europe and Latin America, 1960–1980, que desgraciadamente no ha dejado catálogo, pero de la que pongo algunas fotos, sobre ejemplos informalistas que saltaban no sólo muros sino también continentes.

Conectando Nueva York con la exposición de Madrid, que da la bienvenida al visitante con una poderosa obra del italiano Alberto Burry, es interesante constatar que la mayor retrospectiva de este artista ha sido realizada recientemente en el Guggenheim NY con el subtítulo “The trauma of painting”.

Este es el tema fundamental de la exposición de la fundación Juan March. Las diferencias de una y otra exposición, sin embargo, son inmensas. La de Nueva York sigue siendo muy clásica, como el prestigioso museo que la acoge, que luce sus espacios con el mismo protagonismo o más que las obras expuestas. La de la Fundación Juan March es totalmente novedosa: al mismo tiempo que contextualiza de modo admirable esos gritos abstractos para un público olvidadizo de la historia, acompañándolos de soportes gráficos y audiovisuales, transciende el espacio museístico e inspira para el futuro.

Nos muestra que hay todavía mucho que aprender del arte informalista, de su deseo de libertad en las técnicas y en las formas, y de la sinceridad de su elocuencia expresiva, más allá de la denuncia histórica y del momento puntual. Y lo hace a través de la propia exposición y su catálogo, obras de arte en sí mismas, que inspirarán a otros creadores.

Burri

En relación con estas mutuas colaboraciones informalistas entre artistas y diseñadores, quiero terminar refiriéndome a la exposición que pude visitar en el Museo de Arte de Sao Paulo, Arte na moda: colecao MASP Rhodia. Brasil no vivió la guerra pero adoptó el informalismo y lo prolongó en la era del arte Pop, haciendo de este arte bandera de libertad. La colaboración entre artistas plásticos y diseñadores de moda dio como fruto una serie de modelos que, en muchos casos, conservan palpitante actualidad.

Sirvan para demostrarlo unas comparaciones con fotografías tomadas recientemente en las tiendas de alta costura más cutting edge de Nueva York, que sin duda alguna dialogan todavía con aquellas creaciones brasileñas de los años del “Informalismo popular”, que aunque parezca paradójico –al informalismo siempre se la ha criticado por elitista- no es necesariamente un contrasentido en la Latinoamérica neobarroca.

Unas palabras sobre lo neobarroco pueden poner fin a estas divagaciones artísticas en torno al informalismo y sus exposiciones. A pesar de que el Barroco se ha visto tradicionalmente como una imposición colonizadora y contrareformista, hoy en día, en plena posmodernidad, la presencia del barroco en Latinoamérica se celebra como la más genuina expresión de identidad artística mestiza en el contexto global.

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La capacidad del Barroco de aglutinar contradicciones e incluir oposiciones le ha hecho particularmente útil para teorizar tanto sobre la diferencia cultural de América Latina como para celebrar la hibridación de sus productos culturales. El poeta brasileño y teórico literario Haroldo de Campos, de quien proviene el término neobarroco, lo definió muy bien en su ensayo de 1981 “El imperio de la antropofagia: Europa bajo el signo de la devoración”.

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Como su título indica, la “antropofagia o el canibalismo” es una metáfora de las operaciones transculturales del barroco en América Latina que pueden aplicarse también a las actuales manifestaciones artísticas, una vez que el mestizaje o pastiche han dejado de tener connotaciones negativas.

Haroldo de Campos se inspiraba en el “Manifiesto antropófago” de Andrade (1928) que a su vez se inspira en el famoso ensayo Le Baroque de Eugenio D’Ors, publicado en castellano en 1935, y donde se habla de este estilo como un “eon” o ciclo universal del espíritu, una constante humana más que un determinado periodo histórico.

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Quizás sea este elemento “nebarroco” posmoderno que tiene la exposición de la Fundación Juan March lo que la hace tan especial, y tan distinta de las exposiciones clásicas –o modernas- tipo la del Guggenheim de NY, sobre arte informalista. No lo sé, pero desde luego es una exposición muy inspiradora, y merece una calmada visita.logoJuanMarch

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