La muerte y el arte: Llimona en Pamplona

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Pamplona se enorgullece de su Cristo yacente de Agapito Vallmitjana, que sale en procesión los Viernes Santo sobre las preciosas andas que diseñó Víctor Eusa en estilo Art Decó. Sin embargo, nunca ha prestado atención a la obra religiosa que realizó para la capilla del Hospital de Navarra el mejor discípulo del taller de los Vallmitjana en Barcelona, Josep Llimona i Bruguera (1864-1964), mucho más conocido en la historia del arte español que su maestro.

De hecho, este famoso escultor catalán simboliza la transición entre el academicismo y la modernidad, directamente influida por Rodin, y es un ejemplo de arte religioso de calidad en la encrucijada de fin de siglo.

Desempeñó un papel protagonista en el Modernismo catalán, pues fundó con su hermano el pintor Joan Llimona el Centro Artístico de Sant Lluc, al que pertenecía Gaudí, con quien entre 1903 y 1916, diseñó el Cristo Resucitado del Primer Misterio de Gloria del Rosario Monumental de Montserrat.

En 1907 recibió el Premio de Honor de la Exposición Internacional de Bellas Artes de Barcelona por su conocida escultura Desconsol (Desconsuelo), que puede verse en el Parque de la Ciudadela de Barcelona y en el Museo del Prado de Madrid.

Recibió también grandes elogios en París, Bruselas o Buenos Aires. En España realizó espléndidos monumentos urbanos, entre los que vale la pena destacar el del doctor Robert en Barcelona, y recibió múltiples encargos funerarios, entre los que destacan los de la Catedral de Barcelona o del cementerio de Comillas.

Sin embargo, ni los estudios sobre arte en Navarra ni la bibliografía general sobre Llimona hacen mención a este conjunto del sagrario y Cristo crucificado con ángeles, y los dos grandes relieves funerarios que lo acompañan.

Se trata de un encargo de la fundadora del Hospital de Navarra, Dñª. Concepción Benítez Ruiz, que decidió emplear la herencia de su marido mexicano en esta obra de beneficencia, encargada a comienzos del siglo XX al arquitecto Enrique Epalza, asesorado por el médico Antonio Simonena.

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El proyecto era muy ambicioso -veintinueve edificios dispuestos en tres filas con pabellones, capilla y viviendas para el personal- pero se realizó a ritmo lento y con muy mala gestión económico administrativa, lo que perjudicó gravemente las finanzas de la donante y obligó a suspender las obras en 1911, cuando se habían construido sólo seis pabellones y la capilla historicista. El conjunto escultórico comentado debió realizarse por tanto entre 1906 y esta fecha, puesto que el 24 de diciembre de 1912, la fundadora cedió al Ayuntamiento de Pamplona –la Diputacion Foral rechazó la oferta- esos terrenos del Soto de Barañain con la mención expresa de que se respete “el derecho de enterramiento para su difunto marido y para ella el día de mañana” (1).

Hoy la iglesia sigue destacando en medio del conjunto hospitalario como un recuerdo del pasado en estilo “revival”. El perfecto escenario para una película de terror, aunque ya los gustos están cambiando en la dirección adecuada para valorar este tipo de arquitectura, muy denostada durante la época de las Vanguardias.

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Las tumbas de la fundadora y su marido están dispuestas a los pies del altar mayor, en el mismo suelo de la nave central, mientras que en los laterales se encuentran las tumbas de sus descendientes, para las que sirven de retablo dos grandes bajo-relieves, en simetría tanto por la composición como por el material utilizado.

El del lado de la epístola está dedicado a la Asunción de María, y el del Evangelio a la Ascensión de Cristo, cuyo rostro muestra bastante parecido con el busto del Salvador realizado por Constantin Meunier en 1900. En estos dos relieves, varios ángeles permanecen en la tierra en actitud de asombro y adoración, mientras que pequeños putti de estilo italiano vuelan triunfantes alrededor de los cuerpos gloriosos en su elevación al Cielo.

Se trata de un tipo de escultura que sigue modelos prerrafaelistas del siglo XIX. Más cercanos a la obra renovadora de Rodin son los dos ángeles que protegen el sagrario con sus brazos y que esconden sus rostros en perpetuo anonadamiento ante la Eucaristía. Sobre estos ángeles, se eleva un Crucificado de bronce dorado, de factura academicista, que culmina el conjunto de mármol blanco con una nota de color y luminosidad a juego con el sagrario. También las tumbas laterales contrastan por su mármol gris con el blanco vaporoso de los relieves.

Aunque esta obra no tiene la fuerza de otros temas religiosos realizados por Llimona (los ya citados ejemplos del Cristo resucitado de Montserrat o el Ángel vigía del cementerio de Comillas), es un ejemplo de arte sacro digno de admiración, en un momento en que se estaba produciendo a gran escala la pérdida del gusto artístico religioso, como denunciaba el escritor converso K. H. Huysmans en su obra Les foules de Lourdes (1906). Esto tenía que ver tanto con la comercialización de figuras industriales baratas para el culto privado y público al gusto con el sentimentalismo del momento, como con el alejamiento de los artistas del arte religioso. El caso de Rodin es un ejemplo emblemático del nuevo camino neo-pagano que seguiría la escultura.

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Con el tiempo, el arte contemporáneo sacro de calidad se lanzaría hacia un primitivismo “feísta” (defensor de la autenticidad más que de la belleza, con la consiguiente deriva expresionista) o hacia vías de experimentación abstracta, que impiden la contemplación religiosa a un público no iniciado en el arte de Vanguardia.

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Esta maravillosa Escalera de Jacob (Museo de Arte Abstracto de Cuenca) de Gustavo Torner puede ejemplificar  lo mucho que puede expresar teológica y sensiblemente el arte abstracto religioso. Pero a esto dedicaré otra entrada. Por ahora, baste decir que esta huída iconoclasta era una reacción tanto contra las formas “realistas” del arte académico religioso tradicional (Agapito Vallmitjana sigue todavía los modelos del Siglo de Oro), como contra esa otra moda comercial de figurillas de pastaflora. Esto último es un reflejo de la crisis religiosa que padecemos y que tiene su punta de iceberg en la reciente degradación hedonista del concepto clásico de belleza según los aspectos más banales y sentimentales de la cultura popular, que alejaría a los artistas de calidad del arte religioso. Lo que dura todavía, me entristece decirlo, salvo las excepciones de los navarros Juan José Aquerreta o Isabel Baquedano, entre otros.

Al inicio del siglo XX, Llimona aúnaba todavía una tradición equilibrada entre la calidad artística y la piedad popular, y por eso -y también por el inmerecido olvido de su obra en Pamplona-, me ha parecido oportuno seleccionar este conjunto de la capilla del Hospital como ejemplo de un arte religioso que fue pionero en la Pamplona de su tiempo y, superadas las viejas dicotomías de la vanguardia histórica, es cada vez más valorado también en el nuestro.

NOTAS
(1) Cf. Sobre las vicisitudes del Hospital de Navarra ver “Cien años de la capilla”, en http://www.navarra.es/NR/rdonlyres/EAA22D53-3409-4842-A5D2-3ECE4C1BD1B6/243393/capilla.pdf. Y también el clásico, de Marcelo Núñez de Cepeda, La beneficencia en Navarra a través de los siglos, Escuelas Profesionales Salesianas, Pamplona, 1940.

Una versión distinta de esta entrada fue publicada en 2015 en la Cátedra de Arte y Patrimonio de Navarra: http://www.unav.es/catedrapatrimonio/paginasinternas/pieza/llimona/default.html

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